Es decir, aprender a saber diferenciar entre lo que nos ofrece la vista y el acercamiento a la realidad que se nos quiera imponer por distintos motivos. Es verdad que esta última se nos suele presentar con carácter indefinido, con recovecos que se nos ocultan por distintas razones, también las propias, que se ven influenciadas por esos aspectos más favorables, de las opiniones más ajustadas a nuestra razón, en el momento determinado en que acontecen los actos en discusión. Si esa razón varía, si permitimos que nos conquisten aquellas tendencias de moda que se anteponen al raciocinio, no vamos a poder ser justos con la integridad con la que debamos juzgar.
Los juicios paralelos se forman a base de opiniones y tantas veces sin contrastar por medios a nuestro alcance, solo por impresiones relativas a lo que nos marca un subconsciente demasiado embebido, no liberado de ataduras que ideológicamente pueden marcar el parecer.
La confrontación de dictaduras a la que asistimos, de corte radicalmente opuesto, debería ser vista con la necesaria imparcialidad que marcan los hechos, sin actuar de parte hasta que las comprobaciones resulten operativas, si es que dejan de funcionar las influencias de los encargados de emborronar noticias y nos sumen en ese limbo en el que es fácil perder el norte. Ya hasta el torero señorito, harto de producir sangre de toro, se muestra en sintonía con una de ellas y le recomienda a su jefe que nos asista, a los españoles, en la situación, para él similar, que ofrece el Gobierno de España.
Las sintonías no han tardado en aparece por ambos lados, aquí por parte de exiliados con dinero suficiente, allí por parte de otros que, con apenas unos pocos euros, tienen que sobrevivir como pueden. En el contraste que ofrecen, me da por pensar en los perjuicios que nos acarrean quienes pretender movilizar a unos contra otros y sin hacer disquisiciones, solo mediando exabruptos para tratar de inclinar la balanza.
Yo de momento me quedo con el hecho de que se han provocado, entre ambas, incautaciones de derechos fundamentales que han supuesto el sufrimiento y hasta la muerte de personas inocentes, a las que habría que reparar de algún modo y no solo robando también su impreciso futuro. Vaciar las cárceles de Venezuela es la primera urgencia, pararle los pies a Trump, la segunda. Pero ocurre que el poder se decanta por este último y hasta sus últimas consecuencias.