A diferencia de las alimañas, capaces por naturaleza, los humanos gozan de características especiales que les pueden hacer todavía más dañinos. Disponen de mente más sabia y potente, con amplias capacidades para cobrar sus presas, sus perfiles optan a recorridos que dejan, a sus correspondientes del género animal, a la altura insignificante del más pobre enemigo.
Antes, el sigilo de ambos, les situaba en condiciones inmejorables, pero hoy, con tanta profusión de medios, con tanto chivateo y tanta ampulosidad, en manos de gente rica y poderosa, entra en juego la pérdida de honorabilidad que pueda acabar afectándola, con el consiguiente deterioro social que, desde abajo, se ve de manera muy escandalosa. Hay que tener en cuenta, desde luego, que esa pobre gente, cuando está ociosa, siente necesidades que hay que cubrir, algunas de ellas poco o nada respetables.
Piensen en ellas y en sus agobios, hasta poder concretar el que tengan que buscar los medios de desasirse de sus pesadas cargas y enseguida caeremos en la cuenta de que, para ellos, serán bienvenidos aquellos que proporcionen "carnaza" a un costo no demasiado inasequible para sus fortunas.
El efecto Epstein con el paso de los años y atribuyéndole todas las maldades posibles, ha terminado involucrando a toda esa gente guapa entre la que encontramos artistas, políticos, empresarios, aristócratas y hasta individuos reales... seguramente aburridos en el tránsito de sus días en la Tierra, de la que tantos bienes obtuvieran.
Hagamos un breve repaso hasta llegar a la inspiración que les mueve para haber actuado de esa manera tan corrosiva, tan depredadora. La distinción con las capas bajas, con las personas de infelicidad constante, es tan apabullante que se les atribuirá la absoluta falta de recursos para poder ser como ellos fueron, pero quizás nos equivoquemos en las equivalencias al haber sido educados de una manera tan diferente, que no les sea posible la equiparación, cuando la moral reside en lugares donde, a los grandes, no suele nunca llegar.