Cuando era chiquillo, los vendedores de melones te ofrecían la posibilidad de hacer una cata previa del melón que fueras a comprar, y todo para certificar con ello, que la mayoría que tuvieras a disposición, iban a ser de tu agrado, ya que, si no, se quedaría sin vender los melones. Eso si que era saber comprar, o mejor, saber vender, bajo la cierta seguridad y la confianza ofrecidas.
Hoy todo ha cambiado, cuando la mentira prevalece por encima de la verdad y los productos ofrecidos contienen trazas de haber sido manipulados en gran número. Menos mal que hay agrupaciones de consumidores, de organizaciones dedicadas al análisis y a la categorización, que ponen algo de verdad que pueda ofrecernos alguna garantía.
La situación actual se enmarca en toda una serie de predisposiciones que se han de cubrir, para no ser objeto de la mala praxis de comerciantes desaprensivos y hasta empresas de primer orden que, entre sus objetivos, entran los de pagar sobornos a buen precio, para hacerse con botines importantes.
En esos casos y en los de funcionarios que se aprovechan de su cómoda situación, siendo los primeros en aprovechar las ventajas que se ofrecen a ciudadanos vulnerables, adquiriendo viviendas en mejores condiciones, en connivencia con constructores y promotores, la justicia debería ser más intolerante y, a partir de la Fiscalía, incoar expedientes punitivos para acabar con tanta corrupción esparcida.
Lamentable, que nos encontremos todavía con casos de tan sangrante opacidad, y de tamaño volumen, que nos haga recordar los tiempos aquellos del siglo XIX en los que se alternaban gobiernos y oposición para hacer causa similar de lo tocante a la corrupción, en grado sumo.
Volver a la cata, para ganar en confianza, sin que tengamos que estar permanentemente sujetos a la intuición o pagar el doble del precio de lo que valen las cosas...