Los mayores lo sabemos bien, qué significaban y cómo tenían que celebrarse. El preludio del vermú consistía en pasar primero por la parroquia a escuchar el sermón del cura y comulgar como mandaban los cánones, eso sí, confesando antes los pecados para verse libre del peso de una culpa difícil de sobrellevar. Así era y así parecía que debiera ser la vida, resuelta y sin compromiso, en la que las familias vivían como inquilinos, sin agobios, y bien relacionados con unos dueños más humanos que los de hoy.
Todos los participantes de aquella Sociedad alegre y confiada, surgida de una guerra fratricida que acabó en miseria prolongada, acabó aceptando lo que impuso Franco y sus 75 Años de Paz que la siguieron, con esa resignación culposa pero digna, en la que vencedores y vencidos tuvieron que apaciguarse bajo el auspicio de una Iglesia aliada con el mando.
Hoy las iglesias, en particular, no se llenan ya como lo hacían antes, y se ha reverdecido un cierto revanchismo, propiciado en los extremos, por el que se gasta más en polarización que en el decoro que nos produjera entonces el valor de respetarnos como ciudadanos en proceso de cambio profundo. Pero ahora resulta que para muchos, quizá demasiados, se ha de volver a abrir una sima que deje bien a las claras quienes y cómo somos están enfrente y posiblemente quieran volver a hundirnos en la miseria de entonces, sin importar demasiado el cómo encontrarnos con menos trabas que las que impone el ideario.
Ya no se guardan las fiestas como entonces, lo mejor es aislarse y no ser reconocido por nadie...