Asomarse supone no tener miedo al vértigo, cuando se está en un piso elevado. Y elevada es, en estos días, la posibilidad de que en un estado de Alemania gane la ultra-derecha este domingo, cuando sus habitantes censados, después del vermú o los actos religiosos, decidan si le dan el voto o, por el contrario, se decanten por lo ya instituido.
Se ofrecen pocas novedades en los nuevos programas que, más que nuevos, parecen sacados del baúl de los recuerdos, pero al menos habrá quien piense que, cualquier cosa, pueda al fin movilizar un "cotarro" cargado de mala fe, pero adaptado al conjunto predominante, en línea con otros países, otros lugares. Para qué dedicarse a cambiar algo que ni los mismos líderes, anclados en el CDU, han sido capaces de modificar, cuando todo parece ir cuesta abajo y con ese estado federal, cercenado en parte, por las malas circunstancias que hacen de él, desde que fuera parte de la RDA y donde parece no haber llegado la esplendidez del Oeste.
Cualquier cambio sería bienvenido entonces, pero el precio a pagar parece excesivo, si se deposita todo en manos de una AfD de reminiscencias inmovilistas. Toda esa línea que se va trazando de izquierda a derecha en los mapas, no hace sino confirmar que, con lo que sepamos el lunes, no hará falta más que encomendarnos al Altisimo (quienes crean en él) para que no vuelva a suceder una catástrofe como la que ya se viviera en otros tiempos.
La suerte parece echada y ahora está en manos de ciudadanos que, siendo responsables, actuarán de acuerdo a su convicciones más razonables, en favor del conjunto.
Yo estaré bien al tanto de lo que suceda allí, en el corazón de una Europa en vías de alcanzar una vulnerabilidad extrema. Mirando por mi ventana lo que esté ocurriendo allí.