Y en tal caso estaríamos ante un grandísimo avance pero con riesgos ilimitados, por cuenta de esos inventos, mitad espléndidos, mitad dañinos, ante los que, ni los propios creadores, llegarían a entender los resultados explosivos sobre los que podrían gravitar, en medio de su magnificencia. Una imponente presencia de capital, unida a unos medios excepcionales y unos científicos con enormes deseos de hacerse famosos, podrían estar pergeñando el principio de un fin absolutamente incontrolable.
La batalla entre OpenAI y Anthropic no ha hecho más que empezar y ya muestra señales de analogía, compatibles con un ascenso meteórico en la conquista de la mente artificial, en pugna con la natural que inspira precisamente todos sus trastornos. No hacen más que practicar ensayos y se les están yendo de las manos con cierta eficacia subjetiva, es cierto, según cuentan, sin la mala fe capaz de provocar guerras (hasta ahora) pero susceptible de querer empoderar, en su incesante carrera por el éxito.
Entretanto, los humanoides chinos ganando carreras, al tiempo que preparan su asalto a los trabajos en cadena, prometen la resolución final de aquellas teorías de antaño en las que se pensaba que sería China la gran ganadora de todos los triunfos en liza, y, consecuentemente, quien lograra el título mundial de dominadora en todos los sectores. Ya le va quedando menos, con una oposición que solo sabe diezmar sus propios recursos con guerras que la dejan fuera de toda competición en marcha.
Ante un ejército de robots, perfectamente armados, tendríamos muy poco que hacer, los que aún estamos en mantillas, esperando que pueda llegarse a imponer la savia que, desde las raíces, pueda alimentar a todo el cuerpo genealógico de esta Humanidad en crisis.