El escaso que le queda a la mayoría para poder salirse con la suya, que no es otra que sacudirse el poder que tanto le esclaviza. Si las desigualdades siguen avanzando al ritmo que lo hace el consumo desenfrenado, más pronto que tarde veremos aumentar el número de vulnerables con una única capacidad, la de servir a sus propios amos, según el ritmo y la adaptación al medio que consigan.
Todas esas mayorías que pululan por el mundo, sintiéndose dueñas pero sin poseer, libres pero con ataduras, inmersas pero grandes deudoras a la vez de sus suministradores, no culminarán nunca ese estado de bienestar que llevan toda la vida persiguiendo. Siempre habrá algo que les incomode, sobre lo que tendrán de manifestarse, día tras día, para no perder lo poco que les quede.
Si la socialdemocracia termina por arrumbarse, con todos sus líderes señalados en las calles, quedaremos en manos de los que persiguen sin descanso el liberalismo acérrimo que tanto les protege y en el que creen, como si fuera la fe sacrosanta que bendicen los domingos y fiestas de guardar, para que nada ni nadie les impida seguir creciendo.
Todos tenemos el mente los pecados cometidos durante su época de vacas gordas. Esas que no volverán por mucho que pronuncien jaculatorias ateas, al tiempo que dan pábulo a los obispos. La realidad les carcome como esas hormigas rojas que gustan tanto de su roer placentero. Esa madera que fuera en algún momento noble, se ha quedado solo con la apariencia que le resta a las grandes obras hechas en materiales considerados perennes.
¿Volverán las oscuras golondrinas...? Posiblemente no encuentren ya aquél espacio en que se sentían protegidas.