Ese bulbo que tajado a la mitad sorprende con sus aros concéntricos, se me asemeja mucho a la economía que no para de engordar a ritmo frenético. Claro que para los expertos economistas, duchos en la materia, no significará lo mismo ni tendrá trazas que les resulten perjudiciales. Hay que entenderla como lo hiciera Rato o el mismo Montoro, aplicándola para sus guisos, con propiedades antioxidantes reconocidas, aunque lo fueran solo para casos realmente especiales, no para los comunes que sufre el vulgo.
Quienes caminamos pegados a la tierra y vivimos muy pendientes del azar al que nos entregan algunos economistas de fama, sentimos en nuestras carnes el valor tanto de las cifras macro como de las micro, así que estamos obligados a recomponer, casi a diario, todo ese laberinto de cuestiones ligadas a la nuestra propia, la de la conciliación, y a veces arrojo, con el que tenemos que lidiar al toro de las compras, posponiendo las más, imaginando otras muchas y rematando con los distintos medios que nos dejan al alcance para subsistir. Una vez superada la época vacacional, tirando de tarjeta de crédito, lo siguiente dependerá de si tenemos o no inventiva suficiente como para retomar el camino por andar.
Así, volviendo de nuevo a la cebolla, acumulando aro sobre aro, acabaremos con la misma sensación incómoda que nos produce el lloro al cortarla. Claro que hay unos cuantos que no tienen que pasar por esto y que consiguen que se la sirvan en sopa, al estilo francés, con su tapa de queso fundido encima. A ellos siempre les viene bien la cebolla y no se inmutan siquiera con el descalabro que nos produce el precio de la energía, justo ahora, cuando comienza a nevar en las cumbres y el frío consiguen atravesar las paredes del edificio en que nos refugiamos.
Toda aquella bonanza que rompieron ipso facto quienes estimaron que hacían lo mejor, iniciando una guerra tan insatisfactoria como oportuna, se nos está volviendo irremediable a nuestra propia economía, hasta el punto de que no deja de resentirse hasta hacerla intratable, mientras se observa a todas luces cómo las petroleras, las energéticas, inflan sus cuentas de resultados a velocidad de vértigo. ¿Dónde queda la naturaleza económica registrada? Eso, hay que saber entenderlo, como diría Rato y apostillara después Montoro, a quienes nunca veremos ubicados donde debieran estarlo.