Las amenazas están ahí, latentes y dispuestas a amedrentar a cualquiera que se oponga a los designios particulares de quienes todo lo pueden, o al menos eso creen, cuando dictan normas de obligado cumplimiento, para un contexto que les es absolutamente favorable, por parte de quienes debieran interponerse a sus dictados, tribunales y leyes anteriores que no pueden derogarse de cualquier manera, para hacerlas reversibles a su antojo.
Estos momentos parecen especialmente delicados, al haberse alineado, en forma y modo, sin que sean tenidos en cuenta los avances que parecieran haber quedado fijados para siempre. Un para siempre, que ahora vemos que no se había anclado, de manera firme, en unos regidores especialmente autócratas.
Aquí y ahora, son los mensajeros quienes están más expuestos, profesionales de la información que son asaltados por aquellos que no admiten ningún punto de vista que no sea coincidente con lo suyo, y por tanto deba ser combatido por la fuerza. Quizás, sin saberlo, se estén convirtiendo en el arma destructiva capaz de alterar del todo las normas de convivencia que teníamos establecidas.
En este maremagnum de controversias, de especulaciones, de bulos indiscriminados a los que no se les puede contrarrestar, no del mismo modo, sino con el razonamiento, se impone una violencia que ni siquiera las fuerzas del orden saben combatir adecuadamente, como si se pudiera alterar, sin ninguna respuesta, el exceso que supone la imposición, por la fuerza, de unas ideas que, como todas las demás, deben ser objeto de debate calmado y riguroso.
Se ven entrevistas, por la televisión, en las que los entrevistados demuestran una intolerancia inicial que les confunde ya de inicio, para poder seguir interactuando con ellos. Mal camino, el de la polarización, incesante y sin posible remedio, mientras se deje, al albor de la impunidad, toda esta circulación morbosa de la que se quiere sacar partido.