No hay nada casual en la visita de Milei a Ayuso en Madrid, por mucho que se diga que tanto Abascal como el PP se inhiben en la foto. Decir que el mandatario argentino actúa por su cuenta, es como negar la trama internacional que le asiste y jalea sus proclamas. Seguro que forma parte de esa polarización que no deja de crecer para terminar de hacer esa labor de zapa que nos tiene a todos pendientes de las últimas noticias. Concentrar la fuerza, aunque solo sea a base de palabrería, nos debería tener avisados de los distintos procederes en esas pirámides opacas que no dejan de crecer y que ganan en información deficiente.
Que por el otro lado suceda lo mismo, o parecido, no abandona la ruta del intento de hacer crecer los bandos a costa de casi todo, bulos y mensajes directos desde cadenas de televisión cuyos presentadores se muestran, sin tapujos, al lado de su candidatos.
El caso de Milei es paradigmático. Que se atreva a insultar al presidente del gobierno de España, desde la posición que ocupa, no se había visto nunca, al aplicarse en un foro público difundido abiertamente. Claro que de su perfil podrían destacarse valores, aunque poco positivos, partiendo de su propio entorno en el que solo merece críticas y con esa conducción económica que deja tras sí una inflación galopante que reduce a la miseria a muchos argentinos.
Va a resultar, de una parte, como se tienen ya identificados los distintos modelos y cómo se nos quieren implantar a base de artilugios que solo sirven para cortar, a rajatabla, cualquier pieza que moleste, incluido el estado del bienestar logrado con tanto esfuerzo y no solo por gobiernos progresistas, remisos a veces, sino por los propios científicos, ingenieros, trabajadores de cualquier sector, e incluso estudiantes deseosos de poder participar, ellos también, en la construcción social a la que asisten.
Que en el modelo ultra-liberal que se aconseja haya muchas cosas francamente sustituibles, no por la tremenda, sino por el acierto de querer introducir modificaciones que lleguen más allá de Adam Smith, el gran economista pero del siglo XVIII cuyos efectos, es de suponer, puede que hayan quebrado a estas alturas para dar paso a nuevas mejoras filosóficas, habrá quien tenga la osadía de proponer alguna rebaja de límites que impida la recreación de aquellos tiempos, al considerarles retrógrados.
Milei, váyase por donde ha venido, que aquí, en Europa, no nos hace ninguna falta...