Bandadas de pájaros, banco de peces, enjambres de insectos... podrían darnos idea sobre el cierto paralelismo existentes entre los seres vivos entre los que, porqué no, podríamos estar también nosotros. Quizá eso demuestre la facilidad con la que muchos jovencitos se vean animados a salir a las calles, con miras a imponer su ley, que no es ley sino gamberrismo elevado a mucha potencia.
Un espectáculo de masas que maldita la gracia que debe hacer en las instancias de quienes están para protegernos de bellaquerías, cuyo fin no es otro que forzar la máquina, pero no del descontento, sino de la más falsaria de las inclinaciones tremendistas: hacerse con un botín con el que dar alas a unos sueños acariciados durante bastante tiempo. Todas esas sensaciones que producen los mismos actos, son adrenalina para los amantes del riesgo, como si se tratara de experimentar la máxima velocidad encima de un patinete.
Pero lo que cuenta, además de los daños producidos, es saber quién o quienes están detrás y porqué se estima que puedan ser detonantes de algo, dando distintas señales de auditoría que inducen a pensar que todo haya sido planeado a conciencia y no precisamente por toda esa bandada que, en paralelo a la animal, se mueve de acá para allá, sin rumbo fijo, a sabiendas de que lo que hace está mal hecho.
Y aquí entran en juego los algoritmos, esos procesos o fórmulas que completan resoluciones a la manera que ya en Bagdad, hace siglos, puso en conocimiento del califa un tal Al-Kwarizmi, según cuentan los historiadores. Así que no hay nada nuevo bajo la capa del cielo, cuando se trata de poner en circulación diseños aparentemente sofisticados.
Las masas son fácilmente utilizables, cualquiera que sean los motivos que ocupan a quienes las movilizan...