Aunque atravesado por un eje en el que puedan darse algunas coincidencias, estamos los pobladores de este globo en el que raro es el día en que no aparecen discordias que hacen imposibles los consensos. Un día será la migración, otro el ideario, los más los odios insuperables... todos con la necesaria combinación de elementos combustibles para prender el espacio, precisamente en tiempo de incendios y de contratiempos que las casualidades otorgan sin querer (o queriendo) para dificultar aún más el entendimiento.
Los ciudadanos comunes, es decir, no sujetos a ningún compromiso político o de los otros, entroncados también en la política, vivimos expectantes, sorprendidos también y hasta con tiempo para sentirnos compungidos por todas las muertes que, pudiendo haber sido evitadas, solo han servido para repartir culpas entre intervinientes, pero eternamente preocupados con lo que hay y nos viene, de la mano de esos poderes fácticos que lo intervienen todo, quedando a la espera de si se resuelven por la vía que a ellos interesa. Y si no, hacer lo posible para que así sea.
Ocurre que pueda estar pasando que entre ellos mismos (los poderes) haya sus más y sus menos, en el ánimo de intervenir, desde el ruido mediático que costean, para llevarlo todo al agua que a cada cual convenga.
Tiempos de meditación, entre lo vulgar y lo sofisticado, para tratar de encontrar algunos de los caminos disponibles para vivir felices, sin complicaciones, aunque modulados por quienes lo maniobran todo con su estrategia.
Le peor es que vivimos tan polarizados, que nos da la sensación de que se haya ensanchado el eje aún más, separando los polos hasta un límite casi imposible del que todos vamos a ser responsables, a menos que nos empecemos a tomar en serio, con raciocinio, el poder de convocatoria de los que más saben.