Como sujeto agente, ha cambiado su origen, y lo hace en un mundo en el que la mitad se ve enfrentada a la otra mitad, ocluida por unos medios que han tomado partido y se nutren del ruido ensordecedor, acompañado de imágenes prospectivas que, engañando a nuestro intelecto, nos proponen cosas que no son pero que parecen, todo con una finalidad concluyente, la de desviar nuestra atención hacía unos hechos que se verán consumados a no tardar.
Prospección, por cierto, palabra que ha puesto de moda una estrategia fundada en datos, eso sí, sin saber muy bien si son ciertos o equivocados, pero que quieren ser concluyentes a la hora de querer hacer participar a multitudes en actos aparentemente sensibles, pero llenos de mala baba, ensuciando con vileza realidades que puedan haber sido deformadas con anterioridad.
Así las cosas... ¿podemos achacar a la normalidad lo que a todas luces viene siendo anormal? Sojuzgar, ejerciendo violencia, para intentar convencernos de lo que todavía esté por aclarar o demostrar, es una técnica empleada por extremistas, que usan la democracia en su provecho cuando les conviene y, cuando no, apartan su mirada de aquello que les pueda perjudicar por su implicación directa. Hablar de corrupción cuando se es o ha sido corrupto, y usa en su provecho lo que le pueda ser practicable, es de un cinismo calculado a propósito, a sabiendas de que pueden más los resultados obtenidos que los conculcados con las malas prácticas continuadas.
Cuando no hay correspondencia entre normalidad y buena praxis, entraríamos de lleno en la construcción de un artificio de buena planta pero de mal desarrollo que, aún consiguiendo objetivos presentes, le dejan maltrecho a un futuro por hacer, en medio de una anormalidad que satisface solo a los amantes de los prejuicios, edificados sobre una playa artificial de arena traída en volquetes.