El movimiento de los cuerpos celestes trae consecuencias. Lo explican bien los expertos astrónomos. También cómo mueren las estrellas cuando les llega la hora y, otro dato sorprendente, el del fin del Cosmos al irse perdiendo y dejar de nacer al ritmo que lo hacían. Conclusiones a las que llegan después de mucho estudiar y sondear de qué está hecho y cómo lo miramos y lo vemos, desde nuestro minúsculo puesto estelar.
Pasa allí, pero también aquí, donde las estrellas de carne y hueso se debaten entre la vida y la muerte, esperando que alguien las mantenga vivas, a base de tenerlas presentes. Ellas sufren igualmente del apogeo de la proximidad y del perigeo de la distancia, pero con más ductilidad si cabe, según la materia de la que están hechas, como ese chicle extensible que puede ser hábilmente manejado en la boca para que desde ella ofrezca globos increíbles.
Son tiempos ahora de desencuentros, de riñas, de marcar alejanía... cuando toca lo contrario, aproximar lo mucho y bueno y dejar lo malo y absurdo para los tiempos de la indigencia suprema, que nos llegará, si no logramos remediarlo. Mejor apreciar todo lo bueno, venga por la derecha o por la izquierda, por arriba o por abajo, reconociendo que aún queda mucho margen para seguir creciendo.
Las almas se resienten y lo hacen muchas veces sin pudor, cansadas del dolor del sacrificio por construir ideas y principios, edificios y haciendas como templos de valor efímero, pero no por ello faltos de interés para toda esa Humanidad empeñada en ser mejor y crecer como lo ha venido haciendo en medio de errores y fracasos, aciertos y propuestas infundadas pero llenas de pasión y de merecimiento.
Toda esa leyenda de ángeles y demonios enfrentados, de dioses a caballo entre humildad en un tiempo y soberbia en otro, a los que deberíamos tratar con la ecuanimidad que les corresponde, como imperfectos que son, pero a los que hay que atribuirles un máximo de respeto. Criticar por criticar, sin establecer previamente esos mínimos que merecen, por la estela que proyectan, me parece a mi, acostumbrado a hacer críticas, adentrarse en algo injusto.
Todas las ideas merecen respeto, siempre que no vayan en contra de normas elementales o atenten frontalmente contra el derecho y el deber de usarlas, y además de protegerlas.