Persiste el ritual de salir a la calle a comprar aquello que se nos venda para volver a reponer nuestra despensa. Así hemos acostumbrado a llenar nuestros días para que no nos falte nada con lo que poder sobrevivir a cada instante. Es algo de lo que ahora carecen quienes estén inmersos en esa guerra inducida para su tormento, tendrán que apañárselas como puedan, mientras los demás usamos y nos regocijamos de todo aquello que, aunque sobre, nunca ha de faltar.
Del otro lado, quienes nos venden, están en la tesitura de aprovecharse, lo más posible, de aquella circunstancia que, afortunadamente, no se da todos los días, pero que a la vez que repercutirá en nuestra economía, también lo hará en la suya, marcando más la distancia. Es un juego morboso al que hemos de asistir, cada vez que algún salvapatrias nos empuja al precipicio de los altos precios.
Así aparecen nuestros fantasmas asociados a las leyes no escritas pero causales, formuladas en nuestro nombre, como queriéndonos salvar de algo que aunque parezca no es, pero disimula grandemente nuestro desconsuelo. Son tantos los estropicios que provocan las guerras, que no hay más remedio que tratar de defenderse, aunque sea por la vía fácil del recogimiento, es decir, evitar en lo posible todo gasto superfluo y más aún, coger con pinzas aquello que se nos ponga como condición probable, aunque no digerible.
Día tras día hemos de asistir a los relatos falsos, de cartón piedra, con los que se nos intenta demostrar lo indemostrable y que comienza en el sesgo de la vida humana, es decir, en su contra y en la participación de nuestra falta de sentido sobre lo que nos está siendo impuesto, según dicen, en nuestro beneficio.
Así se escribirá la historia y se se contará con el paso del tiempo, tras haberla realzado con mentiras.