Por favor, no siga la línea marcada, eso solo vale en los incendios para dar con la puerta de Salida, pero si cuando aparece no había logrado antes salirse, más vale que corra despavorido hacia el extremo opuesto para que no le alcance la llama, le servirá simplemente huir del humo.
Las ideas suelen ser muy bonitas, solo las más horrendas se califican solas, pero hay otras que, sin embargo, distraen con el espejismo que proyectan y nos conducen irremediablemente a lo de verdad indeseado, sin sustancia, abiertamente nocivo.
No se trata de salir a filosofar, de manera furtiva, solo de ir poniendo avisos en los árboles para procurar un mínimo cuidado de no caer en las trampas que se nos ponen con tanto empeño. Los que adolecemos del mal de la ingenuidad, que bien podría tratarse como si fuera bien, aunque asumido con antídoto, no podemos estar seguros en muchos sitios, ya que la maldad, que siempre se suele mostrar confusa, no hace cuentas de quienes la padecen, inoculando ese germen que siempre resulta contagioso.
Las ideas tienen que ser calibradas, ensayadas, puestas a rendir para que sean útiles a nuestros días. Sin llevar a cabo esa práctica, esa actualización que requiere el día a día, podríamos estar navegando en aguas muy peligrosas, infectadas de tiburones que dicen que no muerden, pero si te alcanzan te terminan destrozando el alma.
Todos los ensayos que, durante generaciones, se han ido llevando a cabo, han dado como resultado muchísimas muertes en las cunetas, de las que no se sabe bien la fe que dieron sus vidas. Si es que fue esa fe de la que nadie ha respondido nunca, salvo la que registran los clásicos libros sagrados.