Es decir, vivir con, cuando las relaciones personales se ven muy influenciadas por esa polarización impertinente que han querido instalar a propósito, quienes viven de nosotros y (deberían) para nosotros, se ha convertido en materia de gran difusión y pérdida. Esta última sin ningún motivo aparente, más allá de querer apartarte, sí o sí, de alguien con el que no vas a coincidir nunca, por mucho que quizás te lo propongas.
Las tertulias en la tele, los falsos debates propiciados para extender el odio, no hacen sino ahondar más la sima abierta sin razón y sin principios, que son los que debían quedar por delante, para someter a juicio aquello a lo que, en un momento dado, nos pusimos de tarea. Eso sí, sin previamente aclarar qué pueda haber de irracional en nuestro proceder, si con solo dirigir la mirada estamos calificando a un interlocutor con el que nunca hemos hablado.
Quizás esté intermediando toda una serie de prejuicios con la que contamos para desvirtuar a quien nos cae mal, solo por lo que nos hayan dicho de él y que nos han ayudado a construir en su contra, en términos de baja estima y peor consideración.
Es posible que haya predisposición, pero ello no debería ser el elemento crucial que sirviera para abandonarnos por completo a la descalificación inmediata.
Habría que hacer un esfuerzo para intentar comprender lo que ya, de principio, queremos evitar a toda costa, sin más argumento que la procedencia de una frase o una idea expuesta sin demasiado rigor o demasiado estudio previo.
Nos perdemos mucho, evidentemente, aunque no exista intención prefijada y solo imperen los rasgos físicos o psíquicos con los que nos hemos iniciado en el boceto prefabricado.
Son tiempos en los que la reflexión debería imponerse a lo demás, sobretodo por parte de quienes no estamos instruidos en "política", que los profesionales ya lo están sobrados para manejarnos abiertamente.