Es lo que pide el Pentágono, más madera, si lo que se quiere es ganar la guerra, por encima de cualquier otra preciada recurrencia. Doscientos mil millones de dólares, nada más ni nada menos, que habrá de salir de los bolsillos del sufrido contribuyente norteamericano, el pagano de todas las guerras, pasadas, presentes y futuras, descontando garantías de éxito.
A mí me recuerda mucho las ínfulas del emperador Napoleón, cuando no escatimaba medios para conseguir los triunfos de altura que, al final, acabara perdiendo. Por aquél entonces nada jugaba en contra del corso. No existían en cadenas televisivas las críticas feroces que ahora se dan, ni tampoco las irreverentes fauces que devoran los principios, ahora los antojos se ofrecen más caros aunque los nuevos hacedores gocen de las cifras nunca vistas anteriormente.
La maquinaria armamentista también devora toda la madera de que se dispone, que no es poca, pero quizás no cuente con el arrojo del oponente, que no escatima nada, con tal de seguir dando por viva, con el ardor de un sinfín de correligionarios, una causa que se ha ido proyectando desde que la ausencia del Reza Pahlavi marcara su nuevo destino al pueblo más orgulloso de la Tierra.
De no agotarse, veremos si no se agota antes la manera de descabalgar a los autores de tanta ignominia, forzada sin respeto y pendiente de terminar una tarea que se nos antoja de gran envergadura, hasta poderla concluir con éxito.
Los ciudadanos del mundo seguiremos esperando, con infinita paciencia, a que alguien, en algún lado, formule los requisitos válidos para detener lo que no solo nos cuesta, sino que nos costará digerir durante demasiado tiempo. Si al menos los emperadores de hoy se parecieran un poco a los de antes, ganaríamos algo en cuestión de estrategia.