Cuando uno va cumpliendo una edad, le cuesta mucho adaptarse a los cambios. Será quizás porque el peso de tantas jornadas vividas supone tener que cargar con demasiadas culpas y demasiados intentos de cambio. Es comprensible, por ello, que nos volvamos demasiado conservadores, frente a la llamada del progreso, vacilante y traidor las más de las veces, si es que pretendes serle fiel a cada paso.
Te encuentras después con una izquierda desfondada, sin criterios de unidad, y te terminas de espabilar sobre los recursos desperdiciados por el camino. Al remedio ni se le ve ni se le espera, solo es cuestión de imaginar lo que sería, si algún día los astros se centran en la línea de exposición a los rayos del sol, creando al menos una ilusión óptica.
Y de la imaginación crecen a veces sueños capaces de materializarse, pero sin voluntad es muy difícil que lleguen a hacerse realidad, hasta sustituir la cadencia de fallos por logros cuantificables.
La figura de Rufián, ese joven que pone muchas veces las cosas en su sitio, aunque solo sea en sentido figurado, alienta a la fe que es capaz de mover montañas, pero hace falta algo más que fe para movilizar a esa roca dura, tan bien asentada, que parece imposible moverla de su sitio.
Desde aquí le pediría que empeñe su juventud para conseguirlo, antes de que le llegue la hora más adulta de la desconfianza...