Agentes y pacientes, envidiados a menudo por el resto del mundo, los ciudadanos europeos no acaban de ser del todo complacientes con lo que representan. Es lógico que le pidan más cada día, a su participación social en el concierto ciudadano, lo conseguido, aún sin ser nunca lo suficiente, lo es por amplia mayoría, aunque en el conjunto de derechos y obligaciones quede por alcanzar o se descuiden en algún momento.
La pertenencia a cualquiera de los países que componen la UE, nos reporta mucho por presumir y, casi sin apreciarlo, nos va haciendo cada día más dependientes unos de otros, hasta el punto de pensar lo que pueda llegar a depender el Norte del Sur y el Este del Oeste, para imaginarnos solidarios con los problemas que sufrimos y las debilidades que tenemos. Conviene pues recordar, de vez en cuando, todo lo que nos debemos y todo lo que tenemos que seguir construyendo en común, para que nada cambie y, si lo hace, sea para mejorar en lo sustancial.
Por eso, cuando se ciernen todavía sobre el Continente las amenazas que nos impiden crecer, los vaivenes políticos que nos quieren retrotraer al pasado, con todas aquellas secuelas que inventaran los individualismos nacionalistas, tratando de diferenciarnos por simples acuerdos raquíticos, es necesario que se recuerde de dónde venimos y a dónde vamos, para no olvidar nunca los procesos de cambio que iniciáramos con tanto éxito.
Hay que hacer por tanto lo posible para que, en nuestra decadencia, que asoma por los costados, no terminemos plegando nuestros mejores propósitos de seguir por el camino adecuado, sin faltar al respeto a quienes nos precedieron en el deseo de seguir siendo principales en cultura y gobierno...
Que surjan ahora en España movimientos partidistas, de índole nacionalista, que quieran apartarse de la idea de Europa, nos llena de preocupación y de desencanto.