En geometría basal todos distinguimos un eje, atravesando la esfera mundial de polo a polo, sobre el que se mueve sin parar la escena, entre acontecimientos que nos afectan de uno u otro modo, seamos o no artífices de lo que provocan. Nadie puede sentirse al margen, ni siquiera los ascetas que viven aislados en medio de un monte, cuando puede llegar a ser incendiado por cualquier circunstancia.
Rodamos aún sin querer, en esa inmensa bola que no cesa de girar al son de quienes aprovechan su inercia para salir mejorados. Claro que, a mayor interés por sacar beneficio de ello, más rendimiento es posible obtener, contando además con toda la inacción posible. E inactivos estamos quienes eludimos esa mínima responsabilidad de tener que aceptar, o no, las cosas según nos son presentadas para su consumo. Y hoy ya sabemos lo bien dispuestos que estamos a consumir, con tal de no quedarnos atrás en la rabiosa pretensión de ser más que el otro.
Si consideramos que en verdad todo se mueve en un eje diferencial que sabe distinguir bien donde hay que poner a cada cual, es decir, el lugar donde quedan los siervos y donde los señores, estaríamos aprendiendo, de una vez por todas, que las desigualdades aumentan sin cesar, y también en ellas podríamos establecer nuestra propia injerencia en su desarrollo.
¿Acaso valoramos con suficiente detenimiento el lugar social que ocupamos? ¿Nos sentimos realmente violentados en lo personal, cuando apreciamos a nuestro alrededor las múltiples diferencias que existen con el vecino? Eso por no entrar en el manido término racial, que se pueda interponer, sin apariencias cínicas, en el tránsito diario con quienes nos son ajenos.
Me pregunto cómo se sentirá hoy Lamine Yamal tras lo manifestado por Rajoy días atrás respecto a los foráneos. Claro que, para el joven futbolista, lo de mayor interés será el dinerito que pueda embolsarse de ganar el partido y que le hará verse realmente muy diferente de quienes le rodean...