La política y sus maquinaciones, en una permanente retórica del enfrentamiento, sin que sepamos nunca qué pueda haber detrás de todo ello, mientras surge el próximo escándalo. Así lo vemos desde la calle, quienes seguimos, con alguna puntualidad, todo lo que nos cuentan los cronistas, a quienes también tenemos que poner en cuarentena. Los Medios no son de fiar (ninguno) y favorecen, en cualquier momento, cualquier engaño sutil, dentro de estrategias prefabricadas.
A pesar de los que se dicen "apolíticos" a los españoles nos gusta hacer comentarios sobre los unos y los otros, a quienes vemos tan alejados de la realidad que se vive en la calle, a expensas del juego que siempre están dispuestos a empezar, quienes se creen siempre al margen de las críticas desde las bases. No hay manera de que reconozcan, de una vez por todas, que están al servicio de y no al contrario, presuponiendo una escala de valores que se inicia en ellos mismos.
Así las cosas, la gestión es lo que más nos importa a los de a pie y de la que apenas obtenemos la utilidad deseada que, eso sí, sabemos que es harto difícil desarrollar con el éxito que nos gustaría.
El asunto de la inmigración está que estalla y las desavenencias llegadas desde Europa no solo no ayudan, sino que complican aún más los procesos. Echar la culpa a la regularización, tan necesaria como imprescindible, no es la moneda de cambio que deseamos quienes tenemos que convivir (con dificultad) con quienes la merecían.
Todos los problemas que se han ido originando, desde la salud a la seguridad, no han hecho sino complicar aún más las cosas, mientras la regularización va a paso de tortuga.
La paciencia de los ceutíes podría ser la mejor arma con la que combatir esa invasión de jóvenes desesperados, que solo quieren ponerse a trabajar cuanto antes. Aunque sean explotados vilmente, soportando cualquier humillación, a la que no pueden resistirse.