Me gustaría hoy plantear el debate sobre el sentido de la propiedad que tenemos los humanos, sin excepción, y el cómo explotamos el discurso cuando nos es ajeno. Un afán que pocos niegan y del que gusta hablar, sobre todo cuando alguien roza nuestro coche y tenemos que exhibir el derecho que nos corresponde.
Que no se nos quiera confundir con la propuesta que hacemos aquí, es solo, o al menos trata, de situar el más que legítimo deseo del ser humano por poseer y al mismo tiempo darnos la oportunidad de investigar su grado de sostenibilidad, atendiendo, fundamentalmente, a la escalada que pueda estar viviendo en la actualidad con tan espantosa desigualdad que provoca entre quienes pueden y quieren pero no pueden.
Y el asunto, enfocado desde la base más crítica, hasta la más pornográfica, merece al menos un somero estudio que nos deje algo pensativos sobre nuestras propias prácticas en tal sentido. En el mundo infantil, y a edad bien temprana, ya está instalado dicho sentido y hay quien estima que son las propias familias las que lo propician, diferenciando claramente los usos privados. Puede hasta quedar al margen de ideologías que fomentan la lucha de clases. Ricos y pobres que no se privan de recrear sus logros, ofreciendo ejemplos paradójicos por doquier, cuando los sistemas que nos hemos dado y admitimos sobradamente, dan por sentado que la propiedad privada está en el centro mismo de las sociedades que no cesan de acumular y acumular, pervirtiendo recursos que podrían ser mejor compartidos.
Sabemos de la complejidad máxima del asunto que traemos hoy a colación, por supuesto que no queremos llegar hasta el fondo, pero sí, como consecuencia de lo ocurrido en Madrid con el ya famoso desahucio, poner sobre la mesa los distintos grados de implicación que tenemos todos para que puedan darse casos como este.
Si se quejan los que no tienen y se aprovechan lo máximo posible quienes gozan de suficiente amplitud, creemos que lo oportuno sería regularizar, y para ello el consenso necesario en la clase política, pero no creemos, sinceramente, que pueda lograrse nada que intercepte cualquier iniciativa creada para el máximo desarrollo de lo privado sobre lo público. Hay comunistas que también son propietarios y por eso no hay que criminalizar a nadie por su ideología, simplemente acertar con los límites que debieran ser ponderables para que no sufran daño los vulnerables que apenas tienen el mínimo aconsejado, en países como los nuestros de elevada transición democrática.
Eso sí, que nadie se acerque siquiera a mi coche, para que ni siquiera lo rayen, que para eso es mío.