No sé si pueda acabar triunfando una reedición de experiencias pasadas, cuando todavía no tenemos claro el cómo y los porqués de las ganancias que se llevaron a cabo (si es que las hubo) cuando aún esté por ver si se han superado las miserias que nos produjeron.
Todos los tiempos son buenos para poder explicarse, aunque dependa mucho, todo diría yo, de las circunstancias, de los motivos, de las gravedades que hoy nos evitamos, sobre quienes nos precedieron ante los hechos históricos que les sobrevinieron, cogiéndoles quizás por sorpresa. Por eso lo de enjuiciar, queriendo trastocar, sin saber realmente lo que ocurrió y cómo ocurrió, nos afrenta a unos cuantos dilemas difíciles de resolver.
No ha pasado tanto tiempo desde el siglo pasado, para que deje de recordarse en toda su extensión aquello que supuso tan grave fracaso humanístico, pero sabemos que nuestra fragilidad es fácilmente superable, superponiendo cosas gratas. Somos más dados a la crítica que al saber compartimentar todas las intervenciones de aquellos que no pudieron o supieron hacerle frente con mejores resultados, por eso hay que recurrir más a menudo a los buenos historiadores que nos cuenten, sin tapujos, aquello que supuso el más grave descalabro, con muertos, habido en el mundo. Lo más difícil será, quizás, hallar a los buenos que, con su objetividad, se aproximen lo más realmente posible, sin interponer la subjetividad de cualquier ideología imperante.
Pero bueno, de ideologías estamos sobrados y ninguna será capaz nunca de llevarnos por el buen camino de una reedición sin tapujos...