Cuando los animadores o los tertulianos trascienden a lo personal, sobre atributos físicos o culturales de sus oponentes, trascienden también sobre lo que, en cualquier caso, les estará siempre vetado: las referencias que van más allá de lo que compete al profesional dedicado a trasladar opiniones, también más allá del asunto que se trate, sobre el que se quiere fomentar una opinión veraz y correcta.
Quienes traspasan los límites autorizados deberían ser objeto de repudio y descalificación, no lo por parte de quienes comparten la tertulia, también de los oyentes que la siguen. Si las ofensas que se esparcen por los televisores, quieren tener continuidad en otros ámbitos, debería intervenir de oficio la justicia y poner las cosas en su sitio, ya que, si no, y como estamos empezando a ver, los foros se convierten en algo que traslada a la escena pública una belicosidad inaceptable, sobre todo porque todo ese público que lo ve, sin tener en cuenta más que la imagen favorable o desfavorable que provoca, se acaba sumando a percepciones intolerables que puedan estar intoxicando, aún más, todo el entorno en el que vivimos.
Si queremos validar ese punto en el que nos vale todo, lo habido y por haber, ninguno estaremos exentos de ser objeto, simplemente por lo bien o mal que le caigamos al prójim@, en el enemigo a batir en lugar de la persona con la que poder consensuar, contrastando opiniones.
Inmediatamente después de cualquier supuesto error involuntario cometido, se abre la puerta, de par en par, a participar de cualquier tropelía en la que nos podamos sentir cómodos, pero con la consiguiente falta de respeto (no solo) al que todos tenemos derecho inalienable.
Las líneas rojas hace tiempo que se violentaron y es por ello que, la inacción de esas supuestas autoridades que vigilan, y que deberían actuar en consecuencia, se están viendo privadas precisamente de esa autoridad que debería asistirles, además, en nuestro provecho ciudadano.
La rabia y el odio están servidos. Sería conveniente que, entre todos los juicios, le pusiéramos freno. Lo personal y particular siempre ha de prevalecer sobre lo injurioso.