Distanciamiento de la realidad, con tremendos efectos para la sociología que importa, la que trata de culminar el análisis por el que los integrantes de cualquier sociedad, se encuentran obligados muchas veces a considerarla (la realidad) como algo en lo que, de participar, acarrearía más conflictos que soluciones, a los problemas que aparecen y se mantienen durante grandes espacios de tiempo, sin poder acometer con facilidad, y sobretodo con eficacia, cuanto nos afecta como ciudadanos hechos y derechos.
Todos los factores que, concentrados, intervienen para que la realidad se vea de tal modo, tienen su origen en ese individualismo que fructificó hasta hacerse viral, mientras uno pueda orientarse en el mejor sentido posible, abrigado por la sombra siempre presente de quienes actúan para que no se pierda nunca. Si a ello le unimos el desarraigo existente con la política, que pasa de inmiscuirse en las calles para observarlo todo desde las instituciones que les amparan, tenemos más materia aprovechable, que unida también a la polarización, que insiste en tener que sumarse a un lado u otro de los contendientes, en el panorama de asuntos críticos, no deja de combinar los elementos propicios para que salte cualquier chispa que consiga la hoguera.
Serían precisamente los buenos sociólogos quienes entendieran qué nos está pasando para que estemos tan distanciados de conseguir el bien común que más nos interese y que deje de concentrar, sin términos de uso, lo que correspondería a todos, empezando por los más vulnerables.
Ellos, como buenos intelectuales, estarán presos en sus estudios, centrados en servir los intereses de quienes les pagan por su trabajo, pero con una óptica que les imprima servidumbre, respecto a unos datos que pudieran ser, en definitiva, alienantes...
Parece que estuviéramos condenados eternamente a tratarnos como seres antisociales, y olvidan nuestra categoría constituyente que podría hacernos más solidarios y comunicativos. Las fuerzas competitivas, de momento, no aportan un mínimo de considerandos que provoquen luz suficiente que ilumine el panorama, más bien se obcecan en disociar lo poco bueno que quede a la hora de personificar las respuestas que habría que dar en conjunto. Los parlamentarios nos enseñan bien el cómo viajar en distintos sentidos, pero sin proponer alternativa alguna de cambio medianamente positiva.