No pasa ningún día sin que alguno de ellos, en cualquier parte del mundo, nos ofrezca la explicación del porqué no deberían haber sido elegidos para el cargo. En esta ocasión nos vamos a fijar en el ministro israelí Ben Gvir ampliamente reconocido por su tendencia ultra, y que puede que hasta sea aplaudido por su ferviente sector radical al que pertenece, pero que le hace muy flaco favor al gobierno del país, elegido supuestamente para dar servicio completo a sus ciudadanos y no parcialmente enfocado a la represión del oponente. Cómo ha tenido que ser, la situación provocada, para merecer la repulsa del propio gobierno.
Los días pasan, los acontecimientos se superan en términos de guerra abierta, y los indicios de paz duradera se quedan aplazados a lo que puedan decidir, precisamente los ciudadanos, en unos próximos comicios a celebrar en los que tendrán ocasión de mantener en sus puestos a elementos del calibre de este ministro o, por el contrario, elegir a otros que empiecen a considerar como inútil la trayectoria de todo un gobierno que le ha llevado al país al gasto de una verdadera fortuna para proteger... ¿el qué? sin duda el periplo más tétrico que se haya podido vivir en el lugar concéntrico en que lograron vivir otras generaciones, cuando adoptaran aquellas soluciones más bondadosas, alteradas hoy por la rapiña y el odio inculcados.
De la trascendencia que pueda derivarse la elección de un nuevo gobierno, podrá derivar algún rayo de luz que proyecte la paz duradera que necesita ese pueblo hastiado de tanta muerte y de tanto derroche, incapaz de resarcirse en años de vuelta a una normalidad, hoy por hoy casi imposible.
Conceder tanta potestad a según qué perfiles de ministro, parece que sea algo a lo que haya que ponerle freno con carácter inmediato...