Que no detienen tu soberbia, con la creencia de que vistiendo un uniforme de alta graduación, o siendo alcalde de una gran ciudad, te facultan para hacer lo que deseas, desde una óptica tan inapropiada que es incapaz de visualizar la responsabilidad de la que dependes, careciendo de la más mínima proximidad hacia quienes, según tú, están para servirte y no a la recíproca.
Así aparecen, algunos servidores públicos que no han comprendido nada de lo que les debería ser exigido y, bien al contrario, se sienten protegidos por sus superiores, conocedores, al menos teóricamente, de lo que han de llevar entre manos. Desde luego que no somos ángeles, para llevar a cabo funciones que se nos encomiendan, bajo el prisma de la más estricta ocupación, pero sí que cuenta la vigilancia que se ha de observar, sobre el cumplimiento de objetivos y no solo, también sobre la relevancia de sus comportamientos personales, que seguramente sean de amplio conocimiento. Pero no, llegado el caso, nadie sabía nada, ni siquiera la más simple dedicación a los juegos de mesa o los más inocentes hábitos declarables.
El problema está cuando se han de demostrar aptitudes o actitudes que vayan más allá de la supuesta capacidad obrante, que no tenga que ver con la buena amistad o la referencia ofrecida con antelación al nombramiento.
Los cargos públicos, según se ve, o al menos unos cuantos, ya desenmascarados, han abusado de la confianza que se les dio y pueden seguir sumando méritos para demostrarnos cuáles son sus anti-virtudes.
Lo siguiente, el tira y afloja, sobre quién es capaz de aportar a la política mejores triunfos, cuando ni en un sitio ni en el otro, abunda el respeto por lo que nos tiene que ser ofrecido desde las instituciones, ampliamente invadidas por elementos para nada intachables...
La soberbia se convierte en conciencia exportable a la función que se les ha encomendado, y de ahí a la consideración de llegar a ser insustituibles, por parte de los partidos que les amparan.