El que habría de ocupar cada cuál, pero sin olvidar que cualquiera, de este mundo, tenga su sitio. Así se debería hacer saber, para que después nadie se llamara andanas, es decir, sin el derecho de acogimiento que todo el mundo habría de tener, en función de lo que sabe, aprendió y reformuló después, cuando se hiciera cargo del lugar ocupado.
Así, el científico en su puesto, el profesor en el aula, el taxista conduciendo el taxi, el abogado en su oficio, el político en su parlamento... hasta un interminable acomodo, en el que también debería tener acogida el defraudador, éste naturalmente en la cárcel. Todas esas variantes que se han introducido después, como queriendo ponerle la guinda a un pastel que carece de gracia, se salen del cauce por el que nunca han debido correr las aguas podridas.
Un individuo confeso, que sale del juzgado dando las gracias a la Justicia, por lo que han querido evitar a su futuro, sin ni siquiera devolver el capital defraudado, resuena en las mentes de cualquier ciudadano decente como la herida que se le ha propinado a traición, cuando menos se lo esperaba.
Toda esa justificación, que se hace dentro del mítico recinto, donde se dice administrar la gracia que distingue al bueno del malo, no hace sino corroborar la desconfianza que hay en la calle, respecto a los juicios que hayan de ganarse. Algunos, como se ve, los ganan los malos, que previamente han sondeado, a través de múltiples abogados, de múltiples rogativas, las facultades con las que se contaba al iniciarse el proceso y las salidas airosas que pudieran provocarse.
Al corruptor le hemos visto en manifestaciones tumultuosas, rodeado de ciudadanos a los que les pudiera parecer bien la corrupción rampante que quizás, en ocasiones, también formulen en sus vidas, motivo por el cual no habría de ser tenida como mal generalizado sino como alegría del vivo.
A menudo me duele mi propio país, sobretodo cuando no sabe comportarse como mandan los cánones.