Y hace muy bien, en reclamar que se haga la luz sobre lo ocurrido y se obtengan consecuencias fiables sobre responsabilidades que quedaron sin asumirse, por parte de intervinientes que en aquél momento las llevaban encima y salieron indemnes, con apariencia de victoria en un acontecimiento que todavía no se sabe si se había preparado, con astucia, para auto-dirigir el camino a seguir con la mayor delicadeza y menor repercusión pública.
Que en aquél momento podrían haberse señalado ganadores o perdedores, es de una obviedad palpable, pero de su imputación podría depender un cambio fundamental a futuro, que habría de ser tamizado por la ciudadanía, que asistía absorta, sin comprender de qué lado situarse.
Como siempre, la ciudadanía queda entre estos últimos, apartados de lo que interesa a quienes estaban en el meollo desde el principio, cuando se debatía un futuro todavía por aclarar y por decidir.
Los secretos oficiales ya se sabe, están para algo que conviene y el hecho de que se descubran, o mejor, se rebelen de la manera que interesa, tras carecer de lozanía y contar con personajes que ya no pueden aclararnos nada, por haber fallecido, no nos promete grandes sorpresas. Son las consecuencias de querer aparcar para el futuro lo que el presente no quiere desvelar de inmediato.
Llenarán páginas de los periódicos y nos harán, ahora sí, merecedores de noticias que se nos ocultaron con demasiada alevosía. Solo resta saber cómo nos van a ser presentadas ahora.