En los que los vecinos se muestran huraños, nos cuesta comunicar, juzgamos alegremente aquello que no nos gusta, simplemente porque no concuerdan las aficiones, la manera de vestir o el corte de pelo con el que salimos a la calle, sin saber que podemos ser objeto de burla. En ellos se impone un análisis concienzudo, sin pátina que le cambie el color original a las cosas que se nos ponen delante.
Es fácil dejarse llevar, más que atreverse a ponerle trabas a los conocimientos que mantenemos vivos, sin saber siquiera el tiempo que vayan a permanecer enquistados, hasta modificarlos con alguna conquista nueva. Una ocasión de oro para empezar a dudar, también de nosotros mismos, y de nuestras convicciones que no quieren ponerse a prueba.
Del mundo imperfecto que nos rodea, sabemos ya muchas cosas que no nos atrevemos a cambiar por falta del rigor que se nos ha ido escapando, poco a poco, lentamente, auspiciado por el talento avasallador que dicen contenerse en lo nuevo, pero aún no ensayado.
La dificultad estriba quizás en que las aguas torrenciales de lo inmediato, nos llevan corriente abajo hasta sepultarnos en la basura acumulada durante siglos, como ocurriera en el Tibet, con ese glaciar que se veía venir pero que nunca se halló el momento de detenerle o de ponerse a salvo.
Seguirá aconteciendo lo imprevisto, pero posiblemente sigamos distraídos con lo que nos lleva cada día a la saturación de estos tiempos modernos cargados de iniquidad, de la que solo se salvan los inconscientes.