Pintores de brocha gorda, intentando suplantar a grandes maestros, nos provocan una situación en la que, sin comerlo ni beberlo, pagaran los justos por los pecadores confesos, a los que les da lo mismo que les acusen (con pruebas) mientras otros reciben sentencias condenatorias sin merecerlo, solo por la saña empleada por Hazte Oír en plena efervescencia de casos.
Deberíamos hacérnoslo pensar, el cómo se nos va encarrilando hacia un punto de no retorno y de la mano de quienes tienen poder para hacerlo, que no son otros que los que recibieran el testigo de Aznar en su famosa recomendación, tantas veces proclamada de... el que pueda hacer que haga.
Los turnos se van simultaneando, entre jueces y fiscales, miembros uniformados, funcionarios pesarosos y otros tantos que ven mermar su posibilidad de ascenso. Las aguas fluyen sin control, por mucho que haya expertos que señalen sus, más que torpezas repudios, hacia un gobierno que nunca quisieron, a pesar de haberse hecho más ricos todavía de lo que eran.
Pero lo peor de todo es que somos los pobres los que caemos (como siempre) en una trampa de la que no vamos a poder salir fácilmente, ya que está urdida con lujo de detalles, por gente con poder suficiente como para encomendarse a esa faena.
Si el caso es tan general, como parece, por un Continente que rezuma una vejez clamorosa, dependemos solo de una juventud que, harta de recibir palos, se muestra sin la fuerza necesaria y dependiente de unos progenitores dispuestos a solucionarles, con su herencia, la falta de medios.
En resumidas cuentas, instituida definitivamente la pequeña burguesía, que se contenta con poder atender sus necesidades inmediatas, saldrán ganando por goleada todos esos pintamonas que, sin oficio ni beneficio, estampan sus venturas aprovechadas en un lienzo de tan escaso valor pictórico.