Sería mucho decir en el caso de Israel, donde se confirman, día tras día, más pasos atrás que adelante. Ahora con la vuelta a la pena de muerte y con los ánimos ensalzados, con champan de por medio en el Parlamento. ¿Hasta donde podrán llegar en sus maniobras de muerte? Queda poco por ver y lo poco que quede será bien fácil conseguirlo, con ese fenomenal plantel de políticos abyectos, sumidos en la era más insufrible del país que representaba la modernidad y el progreso en Oriente Medio. Sus ciudadanos tienen pocas opciones de salir de esa tela de araña que les están tejiendo, salvo sus incondicionales de gobierno que ven cómo va a poder prosperar, al menos por algún tiempo y con salvedades, en sus ansias de extender sus conquistas territoriales, pero con el fusil al hombro, por si tienen que usarlo frente a otro tipo de terrorismo contrario al suyo.
Sus líderes quieren seguir apostando por continuar en guerra, hasta que los enemigos queden exhaustos, cosa harto difícil de conseguir, con toda esa tierra sembrada por el odio que, sin duda, generará mucho más odio que el que antes recibían. Posiblemente aquella amistad que en algún momento reflejaron algunas películas modernas, entre palestinos e israelíes empáticos, será solo un pequeño reflejo que quizás, en años venideros, luzca en las pantallas como aquello que pudo ser y nunca fue.
Queda por ver si esas tortugas que hoy caminan lentas o para atrás, no se encuentren con otras alimañas que les coman los huevos recién puestos y queden definitivamente sin descendencia, que podría ser.