Y qué decir de lo profesional, cuando aparece una fijación entre un alcalde y su subordinada. Lo primero que quizás haya primado será la irracionalidad de un supuesto en el que, la dependencia, ha impuesto su razón ilógica sobre lo que se cree debe estar por encima de todo: el jefe manda y la víctima obedece.
Si hay sumisión, la cosa deja de ser problema, pero si no la hay comienza un largo camino en el que, quien ostenta el poder, hará lo posible no solo por mantenerlo, sino por acrecentarlo hasta el punto límite para conseguir sus fines. Ya lo vimos en el caso Nevenka bien retratado en el film y desarrollado a trancas y barrancas en la justicia. Al final no se sabe bien si, con todo, la víctima no salió peor parada a pesar de haber sido reconocida como tal, y sin que el tiempo haya terminado por rematar la ofensa sin haberse visto afectada en su salud mental, casi de por vida.
Reconociendo que el alcalde siempre tiene el poder que le es conferido, es fácil adivinar el punto de atrevimiento que puede llegar a usar frente a quienes le rodean en el Consistorio. Un poder del que dispone cualquier cargo público, rodeado de redes clientelares que lo asisten casi hasta el infinito.
Se van sumando ejemplos y todos con un denominador común similar contra el que poco sirven siquiera los protocolos, si es que se consiguen poner en marcha. Así que solo se puede esperar que el azar no fije en ti la determinación de haberte elegido como víctima propiciatoria ya que, de ser así, te esperará el verdadero calvario de una evasión que ha de pasar, necesariamente, por privarte no solo de intimidad, sino de derecho adquirido.
Y que luego digan que es fácil ganarse el sustento...