El dilema está servido y su solución expuesta a condicionantes. La Iglesia y su pontífice atraviesa el tortuoso camino de tener que defender su posición, en medio de fuertes críticas por su débil compromiso con la resolución de problemas candentes, en un medio social que le sigue dando la espalda.
En su relación con España, fiel seguidora de los designios papales, con muchos acontecimientos a reseñar y muchos protagonistas, por ambos lados, entrometidos en asuntos de diferente índole, incluso política. El caso es que para León XIV no está servida del todo la tarea que tiene encomendada como jefe supremo, las diferencias con su predecesor son notables en mi opinión y afectan al grado distinto de aceptación que, sus ideas en los distintos partidos políticos suscitan, desde neutrales a interesadas.
Si la ciudadanía, mientras tanto, mantiene cierta distancia que, según los datos, sigue en decadencia, está por ver si el influjo de las corrientes evangelistas venidas de fuera, bien nutridas de afectos inducidos, termina siendo el acicate que precisa para la renovación de los votos católicos.
La papeleta del Santo Padre, ante sus enemigos palmarios, quizás sea objeto de detallada reflexión en su comparecencia pública, en el país que siempre estuvo de parte de los Papas desde los tiempos de Felipe II.