La que siempre toca, hasta en momentos fúnebres, o la que queremos oír cuando el silencio quiere imponerse entre nosotros, para no perdernos en la inmensidad del ruido. A esa es a la que tendremos que recurrir, sin más remedio que saberla escuchar, mirando a las estrellas, que a su vez nos miran un poco escandalizadas.
A donde hemos llegado los humanos, parecen decirnos en la lejanía, asombradas de lo que hemos conseguido de este planeta nuestro, que ha puesto a rabiar sus intestinos hasta hacernos sentir sus inclemencias en carne propia, dejando a muchos sin las pertenencias que creían suyas, exclusivas, disonantes a veces con la estructura racional de esa naturaleza que las acogió sin rechistar, hasta que no tuvo más remedio que protestar por los abusos.
Una orquesta que bien podría relevar a esa otras más cansinas, que adolecen del espíritu de quienes saben mirar al firmamento, deseando encontrarse alguna vez en él, sin intermediarios que solo saben obtener tajada de lo que intermedian.
El sonido de violines, de fagots ensimismados, de liras teñidas con encanto... no hace sino sumergirnos en lo filosófico, que no antinatural, hasta reblandecer unos corazones que aunque dejen de latir, algún día, habrán sabido acompasarse con la música que se introduce por nuestros oídos hasta hacernos levitar como ángeles ensoberbecidos.
Creo que podríamos, aunque solo fuera por una vez, sentir soberbia de ser humanos y querer llegar hasta ser dioses...