Esa sensación subjetiva que quizás amplifiquemos por el miedo que nos provoca, no deja de estar presente en nuestras vidas hoy, y todo gracias a las alturas con las que mantenemos supuestos que no dejan de escalar en nuestra mente. La realidad puede ser que sea otra, pero empezamos a no distinguir ya entre moral o inmoral, en un grado aumentativo que resulta preocupante.
Tal es la altura a la que estaríamos llegando, que se inscribe la necesidad imperiosa de seguir subiendo hasta que el cuerpo ya diga basta. Así, en los centros de atracciones mecánicas, se busca lo último de lo último en cuestión de sensaciones, dejando atrás aquellas que alguna vez nos conmovieron por su salto al vacío, sentados en un pequeño vagón, al que nos aferrábamos como a la propia vida.
Emoción tras emoción, distancia tras distancia, en una cobertura imposible a veces de digerir, sin haber sido drogado previamente, pero no con sustancias alucinógenas, sino con propuestas inacabadas por parte de quienes nunca tocan fondo en pretensiones diabólicas. Lo vemos pero no reaccionamos, se diría que estemos invadidos por esa necesidad ficticia, pero impostada, de no quedar atrás y, de paso, fingir que vamos por delante.
Imposible predecir hasta donde nos llevarán los próximos hitos, ni cuanto tiempo tardaremos en darnos cuenta del sacrificio al que nos arriesgamos, una vez se confirme definitivamente, con toda esa pérdida acumulada, aquello a lo que renunciamos y posiblemente no recuperemos nunca...