Los unos buscándose refugio permanente, mientras los otros ofrecen pocas garantías de fiabilidad, en un match en el que no hay goleada, si acaso miedo de ver perforada la portería, por la escasa resistencia que nos ofrece la zaga, expuesta a corrupciones incesantes que tardan demasiado en quedar resueltas por la Justicia.
Ahora tenemos el caso Santiago Peña, en Paraguay, donde se acumulan dudas y más dudas sobre quien solo busca ampararse, como sea, para conseguir ser senador vitalicio, como así han hecho algunos otros y no tan lejos del pequeño país sudamericano.
El caso es que uno se puede llegar a cruzar hoy en el ascensor con cualquier malo e incluso bueno, sin saber muy bien si lleva puesta una careta carnavalera, solo presumiendo que en el aspecto reside la mejor funcionalidad de su trayectoria personal o pública.
Solo de la auto-censura, de la autocrítica difícilmente trasladable con garantías, cabría imaginar lo que nos separa o acerca a cada bando en el partido en disputa, mientras lo único que interesa es salir bien parado en una foto que, para la posteridad, solo incluye datos aparentes.
Fiando todo a nuestro mejor criterio, puede ser que erremos el tiro y no consigamos deshacernos del trauma de la polarización que nos aísla por completo del acierto. Una vez que te enfundas en una camiseta, aunque sea para creerte entre los líderes mejor plantados, es posible que empieces a perder categoría en el mundo de los buenos y malos, señalados a propósito.
Si volviéramos a la senda de la confianza plena y de la justicia democrática y no de la ajusticiadora con fines específicos, saldríamos todos ganando, e incluso con mejores expectativas de plenitud que las que tenemos ahora.
¿Dónde se refugian los delincuentes confesos? La calle piensa que la Costa del Sol y el capitalismo mafioso que Saviano describe con certeza en sus libros, son elementos, entre otros, dignos de ser muy tenidos en cuenta.