Esta vez es Melilla, la ciudad que se agarrota por el miedo a otra invasión, parecida a la de Ceuta. Aquí se está viviendo una ofensiva similar, de parte de jóvenes desesperados que serán capaces de arriesgarlo todo, incluida su vida, con tal de escapar de sus países en los que no son siquiera reconocidos. Algunos han estudiado, pero no les alcanza su formación para entender lo que ponen en riesgo. Tal es el momento que estarían viviendo, enfrentados a gentes sencillas que sienten cómo vivir alejados de la península les aleja también de la posibilidad de ser defendidos, a carta cabal, de un enemigo difuso y pacífico pero dispuesto a saltarse las normas, en un momento dado, por circunstancias que les impidan sus sueños. También tienen miedo, pero el suyo parte de posiciones bien distintas.
La realidad supera la ficción, ampliamente se les estrecha el marco a ambas partes, mientras los políticos y los funcionarios enviados debaten sobre la mejor manera de salir del paso, que no es otra cosa que esa, de la que secciones armadas no tienen utilidad verdadera.
El mundo está pendiente de ellos, lo saben y esperan sacar algún rédito formal, mientras sienten que hay miradas que desearían algo más drástico, sin importarles que fuera cruento, para las que no están preparados. Son conscientes de que habrá ayudas también, de personas anónimas que, sin debatir, se prestan a lo que sea, incluida la ausencia de cuidados propios.
Las mismas necesidades de siempre, el camino inverso de aquella invasión europea que andaba buscando poder y tesoros en aquella África, sumisa a los emprendedores blancos, que pretendían hacer de ella su coto privado.
Recuerdos imborrables que debieran haber evitado, en la historia moderna, la misma desigualdad que se sigue haciendo patente... El próximo lunes veremos en qué queda todo y cómo resisten, los habitantes de Ceuta y Melilla, nuevas andanadas contra su convivencia pacífica.