El gobierno de las policías (todas en general) ha de pasar, lo vimos y lo seguimos viendo, por situaciones que dejan al Mº del Interior, no solo aquí, en un lugar del que no es fácil salir airoso. Si no que le pregunten a Marlaska, aunque tenga fabricadas las respuestas que ha de ofrecerle al Parlamento y a los buitres sentados ante él, deseosos de arrancarle la cabeza.
En su seno se han fraguado multitud de asuntos reprochables desde distintos enfoques democráticos, con aquella policía "patriótica" entreverada por sus mandos ejecutivos a los que, parece ser, no hay ministro que les eduque en la pasión y el denuedo que debieran, frente a aquello que pudiera mermar su poder fáctico frente al teórico, en el que todo el mundo honrado piensa. Parece que, conscientes de su poder, en una sociedad siempre dividida respecto a sus méritos, optan por esa regla de tres que siempre termina en el nueve, a la hora de calificarles.
Como personas humanas que son, sus integrantes tienen defectos, se enfrentan cada día a situaciones difíciles y obviamente no es fácil que reciban apreciación por sus servicios prestados, pero cuando esta llega, le llega antes a las bases que a las alturas, de las que derivan acciones que, cuando se producen, causan el estupor que debiera esperarse y al que, cualquier ministro que se precie, le suela pillar desprevenido. Siempre ha sido así y posiblemente lo siga siendo, a menos que funcione la presión necesaria que desmonte el prejuicio que ostenta el poderoso mando que dirige a los agentes.
El tiempo se acabará imponiendo y la razón se nublará a medida que la acción judicial ponga blanco sobre negro y determine dónde quedan los hechos y sobre quién o quienes habrá de recaer los delitos imputados. Mientras tanto hay que seguir confiando en esos buenos policías del mundo, que los hay, que tiene poco que ver con sus engolados jefes, con sus trajes de faena rellenos de insignias doradas.