Y se ha dicho, alto y claro, reflejando en las urnas lo que le convenía al pueblo norteamericano. Ya se les estaba haciendo cuesta arriba soportar a un presidente que resumía en su persona una egolatría que superaba con creces lo que se podría soportar, sin intervenir en el relato. No nos quedaban dudas de que en algún momento habría de producirse, de no hacerlo hubiera sido demasiado oneroso, hasta el punto de ser verdaderamente insoportable.
Todavía le quedan recursos, y no pocos, vía decreto, desde un despacho presidencial que mira por encima del hombro a todos los demás y los siga suscribiendo con el desparpajo de quien se sabe poderoso y con capacidad de desprecio de lo que, a cualquier gobernador decente, le supusiera una barrera moral inexpugnable. Todo el contubernio que aún le pueda estar siendo favorable, aún perdiendo dinero, estará calculando la manera en la que pueda seguir haciendo de las suyas con su omnímodo poder, capaz de mover montañas. Los armamentistas, los dueños del petróleo, las carreras espaciales con sus alocados proyectos... no pensarán detenerse por tan pequeño inconveniente, la alternancia, como aquí el bipartidismo, aseguran su recorrido inquebrantable.
Tengamos al menos esa cierta confianza en que el voto sirve, aunque solo sea para apostillar tan lívido poder, representado en quienes se saben pobres pero no estúpidos, llevando sus escasas posibilidades al límite para que no se confunda su prudencia con la falta de recursos mentales.
Norteamericanos de segunda, de tercera, sigan afianzados en su poder que, aún siendo pequeño, todavía les sirve para manifestar sus desacuerdos. Los logros de esa bella y grande nación están ahí para demostrarle al mundo dónde puede llegar la democracia, cuando estemos empeñados en que subsista ante cualquier amenaza que nos llegue de arriba...