En su punto álgido, esa polarización que le puede al consenso, ese concretar la pasión en la imagen que proyectan los cuerpos, visibles desde lejos y prestos para el ascenso o la defenestración sugeridas, todo sujeto a lo que representan o han podido representar, durante un tiempo que pueda significar su peso en la Historia. Apostarlo todo a eso, resulta una quimera que le puede pasar factura a cualquier causa iniciada.
El conservadurismo y la progresía se enfrentan de plano por el dominio de lo que es de todos y nos hace felices o nos altera, pero al propio tiempo reduce las opciones posibles de buen gobierno. Cuando se han propuesto cosas y no se han cumplido o cuando las voluntades se pliegan a razones o puntos de vista particulares, dejan de importar los rostros que han presidido los días estipulados de legislatura.
Sánchez se sujeta a duras penas, entre decisiones que ni él mismo diseña, sujetas con alfileres por alianzas de compromisos diversos. Su aceptación externa es mejor, si cabe, que la que obtiene dentro. Si fuera es apreciado, las derivas de errores cometidos dentro, le han situado en ese punto vulnerable que solo depende del incierto futuro que provoca un Feijóo a todas luces incompetente. Además sus esbirros ya se encargan, con sus insultos, de ofrecer caminos alternativos que solo tienen posibilidad de ajuste con la derecha más extrema.
Por su parte, Zapatero, demorando sus explicaciones, no hace sino prorrogar el suspense de si se podrá volver a contar con él para nuevas campañas o si, definitivamente, tendremos que aparcarlo en el jardín de los ex jubilados, aunque no insidiosos.
Dejarlo todo al personalismo de unos pocos, no puede nunca ser motivo que perdure, dentro del más complejo de los asuntos gubernativos, el de la aceptación de una imagen como idea principal en cualquier recorrido.