lunes, 24 de agosto de 2026

Cifrar las ofensivas

 

 

No se trataría solo de constatarlas, que ya lo están sobradamente cada día en los distintos medios sensibilizados, mientras que los otros solo replican pérdidas económicas de llevarse a cabo acciones de protección intensiva, tan necesarias como fundamentales. Los avisos que nos sigue dando el planeta, que se enfurece cada día con más rabia, deberían estar en la mente de todos, como un recordatorio que dejó de ser simbólico hace ya mucho tiempo.

 

Hay que pasar a la acción, individual primero, colectiva después, antes de confundirnos en las calles con esos competidores humanoides que, esos sí, de forma invasiva, podrían ser utilizados indiscriminadamente en contra, solo con derramamiento de nuestra sangre y no de la suya.

 

Si las recomendaciones de los expertos, que son siempre inanes ante la fuerza de ese capitalismo agresivo que no se conforma solo con el beneficio inmediato, sino que quiere ganar más y más, empoderándose de todo lo real y lo irreal que pueda caer en sus redes, hasta hacernos cómplices absolutos de nuestra propia decadencia, sin que en el horizonte se ofrezcan nuevas prácticas tendentes a un mejoramiento, o al menos no sean lo suficientemente contundentes como para hacerse visibles por sí mismas, sin necesidad de tenernos que ser explicadas en detalle, solo nos salva una acción directa y sin complejos que, en lo económico, nos impulsan a agarrarnos al sueldo indispensable para nuestra existencia.

La materia se ha venido fundiendo hasta hacerse líquida, para poder penetrar mejor en nuestras conciencias. El espíritu se refugia, lo estamos viendo, en esas concentraciones públicas de falsos profetas que cada día tienen más adeptos, en la creencia de que sus dioses les resolverán toda la malicia que se les presente. Craso error, para un motivo cercano a lo terrenal, en el que intervienen auténticos diablos del empoderamiento.

No basta ya con fijarse solo en el noticiero, que a diario nos dice dónde se ha producido una catástrofe, hay que pasar de inmediato a la acción y plasmar en nuestros actos habituales nuestra firme decisión de ejercitarnos en cambios drásticos, por menores que sean, aunque mayores en eficacias. 

Pudiera ser

 

 

Y en tal caso estaríamos ante un grandísimo avance pero con riesgos ilimitados, por cuenta de esos inventos, mitad espléndidos, mitad dañinos, ante los que, ni los propios creadores, llegarían a entender los resultados explosivos sobre los que podrían gravitar, en medio de su magnificencia. Una imponente presencia de capital, unida a unos medios excepcionales y unos científicos con enormes deseos de hacerse famosos, podrían estar pergeñando el principio de un fin absolutamente incontrolable.

 

La batalla entre OpenAI y Anthropic no ha hecho más que empezar y ya muestra señales de analogía, compatibles con un ascenso meteórico en la conquista de la mente artificial, en pugna con la natural que inspira precisamente todos sus trastornos. No hacen más que practicar ensayos y se les están yendo de las manos con cierta eficacia subjetiva, es cierto, según cuentan, sin la mala fe capaz de provocar guerras (hasta ahora) pero susceptible de querer empoderar, en su incesante carrera por el éxito.

Entretanto, los humanoides chinos ganando carreras, al tiempo que preparan su asalto a los trabajos en cadena, prometen la resolución final de aquellas teorías de antaño en las que se pensaba que sería China la gran ganadora de todos los triunfos en liza, y, consecuentemente, quien lograra el título mundial de dominadora en todos los sectores. Ya le va quedando menos, con una oposición que solo sabe diezmar sus propios recursos con guerras que la dejan fuera de toda competición en marcha.

Ante un ejército de robots, perfectamente armados, tendríamos muy poco que hacer, los que aún estamos en mantillas, esperando que pueda llegarse a imponer la savia que, desde las raíces, pueda alimentar a todo el cuerpo genealógico de esta Humanidad en crisis.    

domingo, 23 de agosto de 2026

Guerra híbrida

 

 

Así, como se le ha dado en llamar al conjunto de estrategias de defensa y ataque, no paramos de tener sobresaltos, que si todavía no son cruentos en muchos casos, en otros adquieren relevancia múltiple, poniendo en jaque al divino reinado de la democracia. Solo faltaría que se consiguiera, andando los pasos de contra-reforma que ya se anduvieron en otros tiempos, pero esta vez de forma mucho más sibilina, incluyendo un tipo de "inteligencia" que no gana a la natural pero sí es capaz de superponerla. 

 

Muchos no saben en qué quedarse, si tomarlo como juego infantil o refugiarse precipitadamente, bajo cuatro llaves, pensando que así no le llegará la temida deflagración anunciada. El caso es que si no lo es, que creo que sí, al menos lo parece, cuando la ofensiva está llegando a unas bases ciertamente adormecidas por esos fuegos artificiales que, en este maldito agosto de fuego, ni siquiera se van a poder ver por motivos más que razonables. Menos mal que lo de lanzar la cabra desde el campanario quedó atrás y se han podido salvar algunos pocos toros de la barbarie festivalera.

 

Si Netanyahu sigue en sus trece, sorteando a regañadientes el compromiso pactado, quiere decir que aún le quedan fuerzas en la recámara para seguir haciendo lo que le plazca dentro de un Likud permisivo y discordante en un estado libre de críticas duras. Desde afuera no se ve claro que pueda acabar extinguiéndose toda la ignominia desatada, a menos que se les apareciera Moisés, de repente, con otras tablas nuevas a tener en cuenta. Seguramente ni por esas.

En el centro neurálgico queda el divino tramposo, al que solo le cuadran sus propias cuentas, ganando los dólares a mansalva con toda esa serie de recursos deslavazados, pero de consistencia clave, para conseguirlos en tanto le dura su mandato, del que ya ha hecho mucho de lo pretendido y de lo por hacer. No le importa la fama que le seguirá persiguiendo mientras viva, su egocentrismo acabará imponiéndose a las críticas y compensará con creces la falta de estímulos serios.

Toda esa podredumbre con la que se está rociando nuestras mentes... ¿acabará otorgándole a la sinrazón la capacidad destructiva de la verdadera inteligencia?.  

 

lunes, 6 de julio de 2026

El puto amo

 

 

No es ninguna adivinanza, es la constatación de todo lo que va a ser capaz de hacer, ante el mundo, para significarse. Lo último ya lo hemos visto, tocar la pieza clave que se rinda a sus pies, para conseguir incluso aquello que nadie osaría, saltándose la norma impuesta. Todo con tal de hacer de su país, o mejor dicho de su hacienda, lo que a nadie le está permitido. Para eso bastaría una llamada de teléfono que movilice a la marioneta puesta a su exclusivo servicio.

 

Claro que hay pocos que se resistan y entre ellos estaría Sánchez, el político que asombra en la parcela insumisa que los demás prefieren evitar. La estanqueidad del resto, agazapada por miedo a quedar a la intemperie, evidencia su escasa valía en cuanto se les pide que afronten la mínima resistencia.

 

En esa escena que se compone cada cuatro años, reflejo de lo que puede servir de apoyo al sustancioso nacionalismo, todo el mundo presume de interés por lograr, con la periodicidad marcada, el beneficio económico capaz de superar cualquier barrera medioambiental que se le presente. Un cuadro perfecto donde se ven reflejados cientos de actores al albur de un balón que rueda todos los días, entusiasmando a millones de forofos.

Cuanta idiotez, cuanta majadería, para mover en poco más de un mes toda esa suerte de datos económicos, de la que se nutren las firmas de moda y en la que empeñan sus ahorros, o su crédito, millones de incautos.

Dentro de unos pocos días se despejará la incógnita de la que se verán ensalzados un puñado de jóvenes agraciados, ya millonarios, a los que la ruleta de la fortuna les emplazará a ocupar el lugar de las estrellas. Todo por meter la bola en el lugar que marca el reglamento, creado para el disfrute, pero administrado para el negocio pleno. Así lo vemos y así lo han convertido, en la historia de las vanidades. Mientras, el puto amo se enseñorea, al tiempo que consigue lo que se le place...    

jueves, 11 de junio de 2026

Pretensiones espirituales

 

 

Imagínense un mundo sin pertenencias, sin élites que no se cansen de apropiaciones indebidas, de fronteras que cierren el paso y de sectas ideológicas que eviten la insumisión de las personas. ¿Nos quedaría espacio para poder retozar con el espíritu? Desde luego que sí, que seríamos más libres de poder alcanzar algunas de las aspiraciones con las que contamos algunos, pero sabemos que no hay nada gratis, que todo tiene al menos el precio de tenerlo que conseguir con mucho esfuerzo y sin descanso a lo que parece que no estemos dispuestos de raíz.  

 

Y si hablamos de espíritu, muchos se confunden con la explicación, se evaden por las ramas del materialismo impuesto que nos hace estar más pendientes de lo último que podamos comprar que de lo que flota en el ambiente para hacerlo desechar de inmediato. Y es el espíritu el que primero se desecha, como intrigante más que como poseedor, de una serie de razones más sublimes que la materia.

 

La propaganda nos bombardea con bombas de racimo, esparcidas por terreno muy abonado para la compra. Me hace mucha gracia cómo se nos sugestiona con la idea de que haya buena y mala propaganda, cuando toda ella adolece del recurso a la reflexión sosegada, que dejamos convenientemente aparcada para que no se interponga al deseo. Sí, así tenemos establecido nuestro comportamiento social, más enfocado al tráfico de cosas que se compran con dinero, más que a lo que pueda conseguirse con la idea razonada de progreso del espíritu, sin duda más acorde con sensibilidad humana que sabe distinguir entre ambas posibilidades.

El consumismo es un cáncer que no distingue entre razas ni credos, solo persigue la creación de más desigualdad entre otras tantas percepciones más sutiles.

La materia gana sobre el espíritu y eso es bien sabido, por eso sería bueno que aprendiéramos a combatir, con más esfuerzo, esas tendencias nuestras a poseer el bien fabricado para nuestro deleite posesivo, bien sea en forma de último modelo de coche o de vestido, que suscite la envidia de nuestro vecino.