La pregunta que podríamos hacernos desde la calle es cuanto les debemos de pagar a quienes, tras ocupar una presidencia, se ven vacíos de oportunidades. Un saco roto en el que poder meter incluso hasta a monarcas que, una vez ociosos, tienen la necesidad de seguir siendo principales.
Que si sí, que si no, ya estamos viendo de todo, quienes inculpan y quienes defienden, ambos casi al unísono, para salvar responsabilidades partidistas incluidas aunque no pactadas. Todo dependería de la decencia personal atribuible a cada cual, siendo los primeros en salir del objetivo esos corruptores que dicen no saber nada, ni haber comprometido a nadie, por el mero hecho de ser lobistas esa figura siempre malinterpretada pero digna de ser tenida en cuenta como factor de interés liberal por acometer acciones provechosas.
Si la decencia es la que está en juego, veamos a cual de los cuatro que pasaron por tan dignísima función le eximimos del perdón, por vincularse, abierta o sesgadamente, en competencias remuneradas a cuenta de los múltiples contactos que nunca dejaron de mantener. Dejar de poner el foco en los cuatro parece de un cinismo abusivo, a través del cual sortear la acción de una justicia que se decanta por aquél que tiene más a mano, o se ve determinante, en su ofensiva hacia los prejuicios diferenciados por lo que cada uno de ellos haya podido representar.
En este país siempre se tuvo un respeto (quizás excesivo) por aquellos que alcanzaron cotas de gran nivel, sin reparar demasiado en su evolución financiera; el emérito como figura clave, eximido de toda responsabilidad, por el hecho de ser quien es, agradecidos además por tan encomiable trabajo por la Patria.
El Ocaso, esa gran firma aseguradora, con nombre de amigable retiro, seguro que nos podría explicar en qué podríamos basar la excelencia de las grandes participantes... Y a quien siempre se tuvo por decente, le salen más caras las dádivas.