Como quien se toma la paciencia suficiente, para reconstruir un incunable, lastrado por el tiempo vivido en el descuido, hay muchos humanos empeñados en la tarea que, aunque no veamos, están todos los días vigilantes para que, si es preciso, el puerto llegue antes que la nave. Son personas de carne y hueso, atrevidas, persistentes en su labor, dispuestas a enfundarse el mono de trabajo y resueltas a mancharse, si es preciso, con el barro.
A nadie se le ocurre pensar que son ingenuas, o que su cometido es poco menos que innecesario, pero sí que es muy palpable su esfuerzo diario para que lo ordenado siga estando a disposición, cumpliendo con un deber muchas veces olvidado. Suelen ser personas calladas, poco vocingleras, enfrascadas en lo que asumieron con vocación, y enfrentan, con merecimiento, a todo aquello que se les ponga por delante. Les debemos mucho y tengo la sensación de no poder saldar nunca la deuda, cuando nos veamos libres (que nos veremos) de tanta patraña inducida.
No sería necesario identificarlos, solo saber que existen y que están haciendo lo adecuado, aunque nosotros seamos tan poco amigos de reconocer una labor bien hecha, por lo que necesitamos a diario, para que no nos sea más gravosa todavía la existencia.
Vaya para todos ellos la admiración de quienes les necesitamos, como el gua que mana del grifo, aunque haya tantos grifos que ya no manan ni la mínima condición necesaria. Seguro que van a seguir existiendo y se repondrán las ausencias. El mundo se congratula de poder contar con ellos, sobretodo en tiempos en los que hay tanta carencia de juicio...
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