Algunas veces uno tiene la sensación de haber podido asistir al centro y al lugar donde se cuecen las buenas viandas, pero sin poder aprovechar, como hubiese querido, todo el jugo que se estuviera desprendiendo de las ollas hirvientes. Cocineros y pinches de blanco inmaculado, en plena faena, y tú despistado como elefante en gasolinera, con la trompa escondida.
Con ese afán por entenderlo todo, con ansia por engullir conocimiento, queremos observar lo que se produce alrededor y no nos dejan ver con la claridad deseada ya que nos lo alejan con ese arte prestidigitador al que se suele aferrar el político tramposo, que solo sabe buscar para sí la esencia de lo que acaba en el plato. El caso es que llegamos tarde muchas veces, quizás demasiadas, sin poder siquiera participar en las comandas.
Al ciudadano, desclasado y sin poder suficiente, solo adscrito al lujo de sobrevivir en el estado del bienestar prefijado y con errores de bulto, le queda la potestad de mirar desde la barrera el toro al que previamente se le afilaron los cuernos y por tanto no implica la gravedad que significaba, para los toreros, esa ausencia de manipulación a la que se enfrenta casi siempre el astado. Todo termina en fiesta y a ser posible cruenta, donde el único damnificado es ese pobre animal cuidado con mimo para el engaño.
Pasar por allí, sin asistir al momento fatal en que se cocinan las pócimas, acaba siendo esa oportunidad perdida de la que podríamos haber sido dueños y, en resumidas cuentas, no somos nadie...
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