Cuando se confirma nuestro deseo de pasar de puntillas sobre el dolor, en todas sus variantes, aparecen de súbito los recursos a disposición para hacerlo invisible. La escalada en drogas, en sustancias adormecedoras de cualquier situación creada en la que podamos recurrir -el que pueda- a su consumo, no deja de evidenciar lo mal preparados que estamos para hacer frente a unas adversidades de las que nadie nos protege. Es una acumulación a la que respondemos con sucedáneos de distinto calibre, hasta vernos libres -eso creemos- de unas cargas insoportables.
Contra eso no hay fuerza humana que detenga el tráfico incesante, acrecentado por unas mafias que no se detienen ante ningún perjuicio, más bien se hacen resistentes y acometen su futuro incrementando precios. En Países Bajos su poder contrasta ya con el constituido y posiblemente, eso creo, si nos dieran a elegir optaríamos por la benevolencia, con tal de que no nos falten sustancias estimulantes, capaces de mitigar el desconsuelo.
En este mundo de contrastes, el riesgo que están corriendo las fuerzas de seguridad, empleadas en reprimir el tráfico, puede que no esté justificado, ni auténticamente asumido, por los encargados últimos encargados de la defensa, que encontrarán siempre motivos para justificar su escasez de medios, frente a la super-abundancia que demuestra la parte contraria.
Aparecerán sustancias nuevas, se modularán las formas de atajar los efectos de la Justicia, el caso es poder corroborar que la necesidad se impone frente al deseo reprimido, cuando no existen fórmulas mágicas capaces de impedir nuestras querencias, sobre una incapacidad demostrada para resolver nuestros problemas endémicos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario