miércoles, 27 de mayo de 2026

Reencuentro

 

 

En el Occidente que se tiene por avanzado, la Iglesia observaba fisuras solo tapadas, a duras penas, por una multitud de migrantes venidos de otras tierras que ya traían la fe enquistada. Esa es al menos la creencia que gana en sociedades privilegiadas que se han ido apartando de ella por sus muchos errores cometidos en su trashumancia particular por el globo terráqueo.

 

Los últimos Papas pretendieron reandar el camino perdido y lo han conseguido solo a medias, en mi opinión gracias a esa curia vaticana que corre por libre en completo albedrío. Quizás porque piense en su interior que pueda seguir dominando lo que políticamente sostiene el minúsculo estado, pero poderoso en distintos medios, mientras que a la figura pública le cedan derechos de imagen, que nunca vienen mal en todos los sentidos.

 

La primera encíclica de León XIV, al decir de los expertos, se atreve con algo a lo que alguien debió de interponer juicios de valor, hace ya algún tiempo, y que se estaba dejando pasar como imposición de tecnócratas, arropados desde instancias multimillonarias, dispuestas a hacer del mundo ese inmenso cortijo en el que ensayar fórmulas altisonantes con las que acabar imponiendo sus métodos de empoderamiento crítico, incluido el de nuestros cerebros.

Como quiera que a mucha de las gentes les gustan las novedades, si encima te proponen hacerlo todo por ti, sin que te cueste ningún trabajo, se hacía necesario que alguien, con autoridad suficiente, se permitiera defender lo que debió prevalecer, mucho antes de que se pusiera en riesgo.

La Iglesia estaría en el deber de juzgar, como ahora lo hace el Papa en su Magnifica Humanitas, esa corriente que nos está invadiendo, sin avisar, creándonos unos riesgos de los que muchos, la mayoría diría yo, no sabrán ni podrán defenderse, mientras se están haciendo con sus cualidades innatas, entre ellas la de poder pensar por sí mismos.

¡¡Bien por el obispo de Roma, entonces!! 

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