Cuando se juega con fuego, es lo que puede pasar, que termine hirviendo el agua que tienes cociendo y deje sus huellas en el cocinero que esté menos espabilado. Hay unos cuantos cocineros al pie de la cocina, que quizás puedan salir escaldados ante el cúmulo de casos que se agolpan ya en los tribunales y que afectan a unas cuantas categorías, involucradas en asuntos de gobierno.
La tarea de los tribunales se nos muestra ardua y particularmente significativa, si la atendemos al margen de lo que deberían representar, en los momentos judiciales en los que salen a la palestra, unos con mayor celeridad que otros, eso sin duda, acariciando la sospecha de que a sus señorías les embargue su inclinación por el color que esté en juego, a lo que el CGPJ parece no querer responder de ninguna manera, para no tener que mediar en aquello que, también sin duda, le correspondería. Un pequeño aviso al juez Peinado no ha servido para apartarle un ápice en su insistente proceso de culpa, más bien parece haberle espoleado en ese culmen que pronostica, al menos, una sensación del pecado de Begoña Gómez, en su intento de querer ser protagonista y no de limitarse a sus funciones de ama de casa.
Podríamos abrir, en este caso, una pequeña investigación sobre lo que han significado, en anteriores casos, las figuras representativas de los ex-presidentes, aparte de acompañarles en las ceremonias oficiales. Paradigmático el caso de Ana Botella y su paso por el Ayuntamiento de Madrid, como cargo explícitamente complicado para quien, a mi juicio (no solo al mío) no estaba particularmente preparada.
Los juicios están servidos para finalizar en un relativamente corto periodo, o eso creemos, resultando las sentencias especialmente preocupantes para los que, de algún modo, estarán finalmente vinculados.
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