Ni las palabras del Papa van a poder conseguir la paz prometida con los que lleguen de buenas, parece imponerse la guerra y cualquier incidente, por pequeño que sea, promete todavía más incendio. Ahora es en la ya conflictiva Belfast, pero puede ser cualquier otra ciudad la que encabece, en cualquier momento, la sucesiva traición a la palabra dicha.
Insistiremos en que no es fácil ningún acomodo, por mucho que nos sirva la mano de obra barata que se agolpa en lugares de contratación diversa, las cosas que dificultan la buena lubricación de la convivencia quedan a flor de piel y se muestran muy susceptibles al conflicto. Incluso los pequeños empresarios agrícolas a quienes más interesan, se pueden mostrar recelosos a la más mínima que acontezca y que, a ciencia cierta, ocurrirá más tarde o más temprano. La solución de los guetos debiera estar descartada, pero parece que sea la que mejor funcione, en tanto en cuanto las administraciones no salgan de su amorfa predisposición de no buscar, con el mayor interés, una solución que convenga a todos los participantes al concierto.
Cuando prima el interés de mucha gente por alcanzar nuestras costas, teniendo que sortear la muerte como quien sortea al toro de lidia, no hay quien pueda sofocar tanta ilusión teñida de miedo y, hoy por hoy, triunfa el resultado de muchos más de los llegados que de los devueltos y eso es lo que nadie parece querer ver ni querer aceptar. Que los problemas existen, es un hecho cierto, que estén siendo resueltos, es mucho más dudoso que consigan apaciguar los lamentos de quienes pudieran sentirse perjudicados, aunque sigue candente la opinión de que resultarán indispensables más manos a no tardar, las resistencias se interponen como clavos de punta esparcidos en la carretera, para que terminen pinchando las ruedas.
A falta de mayor comprensión, resulta inevitable que desde las bases se mire con más benevolencia lo que no se resuelve arriba con mayor voluntad. Que las cosas tengan que pasar, no quiere decir que lo hagan en sentido impropio...
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