Cuando habla Pedro Sánchez, en esos foros públicos dispuestos a escucharle, es muy posible que lleve pensada la contestación a todas las preguntas que le vayan a ser formuladas. Estaríamos buenos, de no ser así, y someterse con ello a la posible sagacidad de quien se las formule, sea del equipo que sea, también del afín a su propia secuencia en torno a los hechos que no cesan de producirse.
Habla esta vez de la colaboración de Marruecos, en el insidioso asunto de Ceuta, pero... ¿sería del todo creíble, cuando la incidencia habida en la frontera, a la vista de unos gendarmes pasivos, puede tener visos de complicidad con los gobiernos de Trump y de Netanyahu? Permítasenos que lo pongamos en duda, conforme a esa geopolítica que está presente en cualquiera de las movilizaciones que tengan lugar en cualquier parte del mundo, incluido Gaza y nuestra abierta oposición al genocidio que allí se sigue llevando a cabo.
En paralelo están las razones de buena vecindad con Marruecos, muy a pesar de las oportunas motivaciones que, siempre que tienen ocasión, formulan, para que todos nos enteremos de lo malo que es nuestro Gobierno, con un Sánchez a la cabeza que se está saliendo a menudo del marco trazado desde un punto, distante pero coercitivo, que pueda suponer su defenestración como elemento vital en contra no solo de España, sino de una Europa que empieza a sentir temblores ante su incapacidad de contener los múltiples ataques que recibe, de parte de actores interesados.
Creemos que cualquier acción diplomática quedaría por encima de problemas que, tarde o temprano, quedarán definitivamente resueltos, mientras que cualquier ruptura con el Reino Alauí pasaría por momentos muchos más graves, difíciles de reconvertir. Aquí entrarían en juego situaciones comprometidas no solo para España, también para Marruecos, que interiormente pasa por tiempos difíciles, con su población en pie de guerra, harta de tanto régimen despótico.
Entendemos que no todo lo que se nos dice tenga que ser verdad, también hay cosas que, sin transparencia, sobreviven mejor que con ella. Ese parece ser el pecado capital que corroe nuestra democracia, la opacidad que, unida a la corrupción, no dejaría títere con cabeza.
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