O lo que es lo mismo, miedo al pobre, al desesperado que, a ojos vista, pretende quitártelo todo. Esa parece ser la idea y así te la comentan algunos, sin tapujos, sin vacilaciones, solo incrementando sensaciones que solo son fábulas increíbles. Cada día, cada hora que pasa, cada embrollo virtual que siembran influenciadores de pacotilla, se va engrandando el odio y con él la distancia entre personas.
Las lágrimas de ese pobre niño, implorándole al militar que no le devuelva al infierno, es solo una gota en el vaso de lamentaciones que no cuesta nada llenar, en el otro lado de la confluencia. Si resulta tan fácil despojar de humanidad a algunos de los que mandan, solo con el propósito de aislarse por completo de quienes, sin armas, intentan su propia revolución incruenta, lo que nos espera, una vez completen su ciclo y consigan ganarnos a todos, será la mejor manera de traernos más miseria mundana, al tiempo que resplandece su éxtasis con una fiebre de logros.
El bueno de Elon y su imparable carrera por la conquista, no ya del mundo sino de la galaxia, seguro que está sopesando la manera de poder cubrir, con más y más adeptos, la fortuna jamás lograda no ya por ser humano, sino por un Satán encubierto.
Inoculándonos el miedo, seguro que lograrán antes lo que los pobres niños están anhelando al otro lado de las fronteras. Mientras, estamos mirando qué coche comprar y qué crucero navegar, en una carrera imparable por completar nuestros sueños, aunque sea tirando de tarjeta de crédito.
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