Parece que se vayan acotando los márgenes de la convivencia y lo que antes fuera salir a proteger, ahora es salir a protestar y no solo lo hacen los naturales, más afectados por lo ocurrido, sino que llegan hordas de fuera para aprovechar una ocasión que se les brinda de color púrpura, como el que suelen llevar los cardenales en los momentos distinguidos para hacerlo.
El último en aparecer será ínclito Aznar, rey de reyes de la controversia, actor principal en tragedias de alto valor degradante. ¿Qué pinta ese señor allí? Nos preguntamos muchos de los espectadores pendientes del desenlace. ¿Acaso portará una fórmula mágica que consiga aplacar de golpe tanta discordia al alza? Mucho nos tememos que más bien sea lo contrario, lo que pretenda, calibrando en términos de ataque definitivo a un Sánchez en agonía.
Resulta francamente impertinente, pero su egocentrismo no permite dilación y seguramente crea que, cualquier simple retraso, estaría perjudicando gravemente su llamativa estela de valor, para un asunto que merece todo su apoyo. El socio más irrelevante del Trío de las Azores no tiene ningún miedo a despeñarse en el limbo de la irrelevancia, creyéndose indispensable en el seno de un Partido Popular en el que muchos de sus votantes dicen no comprenderlo.
La ausencia de reconocimiento impropio en asuntos para los que hace mucho que dejó de tener responsabilidades, no tiene porqué impedirle que se siga erigiendo en salvapatrias incontestable, sólo él sabe lo mucho que le debe España y cuanto tendríamos que agradecerle, cada vez que abre su boca para decir sandeces.
Ceuta no se merece a ningún mentecato, profiriendo insultos, lanzando bulos, insuflando quejas. Tenemos en la Oposición a un partido realmente antiespañol que reclama para sí una inacción tan profunda que acabará sumiéndonos en el más atribulado futuro. No hay colaboración posible, cuando de lo que se trata es de otra cosa bien distinta: conquistar La Moncloa.
No hay comentarios:
Publicar un comentario