El que se está fraguando entre los principales poderes del estado, en una democracia en caída libre, o eso parece, en vista de los derroteros por los que avanza, casi sin freno, el poder judicial y el político. Quien sabe de quien es la culpa y porqué, a pocos meses vista de una elecciones que ya empiezan a fijarse en la mente ciudadana como causa mayor de su desconfianza.
Ayer se vistieron de largo sus señorías, con sus "puñetas" blancas, de postín, fruncidas a unas mangas de amplio recorrido, quizás les convenía a todas ellas hacerse notar, una vez más, en el desasosegado panorama que proyectan en ambientes amplificados, gracias a la cantidad de asuntos jurídicos que tratan y resoluciones no ya que proponen, sino que ejecutan. Su verdadera obsesión, según parece, es seguir viviendo en la sombra de todos esos prejuicios que los lerdos, en las calles, tratan de solucionar por la vía rápida de la incultura clásica.
En los divorcios siempre hay motivos ocultos, aderezados con inclinaciones ideológicas que se interponen para hacer más difícil su repensado. De no ser así, las explicitas referencias dadas por Perelló en su discurso, exigiendo un respeto que algunos jueces no mantienen y que insisten en propiciar, sin ser siquiera sancionados, llama poderosamente la atención a quienes por momentos nos asombramos de la eficacia producida, sobretodo en procesos de renombre, encausando a propios elementos de la judicatura y sin pruebas realmente consistentes. Y eso lo vimos todos, incluido el mundo que quiso verlo, claro, y no se contuvo de aplaudir con descaro.
Pero bueno, tendremos que seguir sospechando hasta ver cómo, en nuevos procesos a la vista, pendientes de sentencia, se nos certifica o no, la tesis de que todo ese poder que a veces se planta en la calle, haciendo huelga, se inspira en la concienzuda tarea de impartir verdadera justicia.
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