miércoles, 23 de septiembre de 2026

Instinto depredador

 

 

El que se supone en las fieras, pero que en ocasiones muestran ciudadanos anónimos, enfundados en negocios rentables, no hacen sino pronosticar un futuro nada amable para quienes, con su edad, no tienen cabida en el imperativo mundo de las ganancias sin ningún tipo de escrúpulo.

 

En Madrid hemos asistido hoy todos al desahucio de una longeva de 87 años, cuyo pecado es no tener dinero para pagar su piso alquilado que estaba habitando, con su familia, desde que tuviera tan solo 15. Su mala fortuna se puso de por medio y ha significado el abandono de una sociedad que solo entiende de ganancias y casi nada de humanidad, totalmente cegada por la especulación y la indecencia.

 

Lo peor del caso es que los agentes intervinientes se han visto apoyados por la ley, empezando por una jueza que se limita a aplicarla y siguiendo por una autoridad policial que está puesta para lo que está, que es cumplirla, sin tener en cuenta siquiera unos mínimos que obligarían a cada número a ser un tanto respetuoso con la integridad de las personas que se revuelven con la injusticia.

Del modo que actúa la autoridad, ya conocemos sobradamente. Habrán vuelto a sus casas henchidos por la labor que han realizado, pero con menosprecio de algo todavía más importante que sus propias vidas, la salvaguarda de cosas que estarían por encima de cualquier cumplimiento, como es facilitar a nuestros mayores una vida digna y cabal hasta el fin de sus días, sin que intervenga imposición alguna.

Todas estas imágenes que estamos viendo últimamente, de policías encarnando ese papel represor, atacantes violentos contra ciudadanos pacíficos, nos dejan un mal sabor de boca, respecto a unos modos de dispersar, de tratar de llenar de moraduras, los cuerpos de quienes solo manifiestan su enfado, recuerdan aquellos otros tiempos en lo que también se empleaban con la máxima exigencia para defender a la dictadura franquista. Desde luego nada visto en el resto de la Europa civilizada, por muy ultraliberal que esta sea.

Y en el fondo de todo gira la complacencia política que ni sabe ni quiere proteger a los más vulnerables, con el simple pretexto de carecer de dinero suficiente como para habilitar el sitio donde vivir, aunque se haya estado viviendo generación tras generación, pero en lugares golosos del centro, de una capital que enseñorea su odio al pobre, como artículo de lujo aprovechable.        

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