Las que tienen que propiciar el cambio de modelo, empezando por la Sudamérica de Milei y siguiendo por el resto de gobiernos mutados, al amparo de quien lo decidió, en esa suerte de promesas que pueden verse cristalizadas, a pesar del varapalo, que podrá burlarse a base de decretos. Él es el primer convencido de que lo hará, en el largo camino que todavía le queda.
Lo mismo podríamos decir de Netanyahu, ocluido pero no vencido, a la espera de los ciertos cambalaches que podría realizar, con unos opositores que tampoco es que sean de izquierdas, sino fulgurantes defensores de un semitismo que no quiere renunciar a su poder, por mucho que el pueblo se lo pida. Y el pueblo gana más, en general, que subido a la ola progresista.
Los árabes seguirán denostados y cualquier operación de reciclaje no pasa por tener que congraciarse con ellos, todo lo más conceder alguna gracia, pero que no tenga que ver con Cisjordania, lo que es asunto tabú en su fuerza expansiva, y no admite la más mínima licencia.
El peso específico que tiene Israel, en los asuntos europeos, no deja ningún lugar a dudas. No hay lugar en el que esconderlo, más allá de una simplona actividad, a cargo de un ondeo de banderas palestinas.
Que Alemania pueda prescindir de su participación, hace prácticamente imposible su ahogo diplomático.
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