Magnífica forma de entroncar con la Naturaleza, esa a la que casi nadie respeta cuando se fija en el progreso, que tanto necesita de ella. Sin sus recursos muchos estarían perdidos, sin saber qué hacer ni cómo arramplar con aquello que pueda servirle para algo, que para eso está todo, para utilizarlo hasta que se acabe, que después ya vendrá alguien a reponer, como ya hacen en el supermercado cuando se vacían las estanterías.
En la gran ciudad las oportunidades son pocas, solo las noches, en los barrios a las afueras, te permiten ese ascenso particular a la conciencia, aunque te juegue malas pasadas. Pero no hay que desesperar, ya que el tiempo seguro que nos brindará más ocasiones, aunque lo fundamental será saber aprovecharlas.
Lo anterior podría servir para analizar el ruido tan tormentoso que nos envuelve en estos días, tan ensordecedor como frustrante, por no poder revertir unos efectos realmente perniciosos, que no dependen de quienes los oyen sino de quienes los utilizan de manera salvaje para imponer criterios marcadamente impopulares, marcadamente inhóspitos para los mismos que les apoyan sin quererlo, solo con el ánimo de llevar la contraria.
Que haya féminas que se sirvan del ruido para despreciar a las propias féminas, nos parece de una temeridad espantosa, pues facilitan abiertamente la posibilidad de que sus depredadores "naturales" se inflamen, todavía más, de una rabia que les faculta para ser y parecer frente a ellas, disimulando lo que solo es miedo a perder lo que antaño disfrutaban a pleno rendimiento.
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