Me pregunto hoy qué habrán hecho los ciudadanos iraníes, para verse en una situación tan desastrosa, viniendo de aquella fuente cultural que estuvo siempre en la mente de Alejandro Magno siendo competidores de los más grandes imperios que hubiera entonces, caídos ahora en la desgracia de ser gobernados de esa manera tan perversa.
Claro que han de arrogarse las culpas de tamaña soberbia, que les ha llevado por un camino cegado al completo, del que no podrán salir sin ayuda. Pero quizás la que se les esté ofreciendo hoy, carezca de un sello que garantice un futuro no menos incierto. Sus tradicionales enemigos, comandados también por gentes que llegaron a la zona, impuestos por un apaño occidental, dispersan sus propios miedos por el territorio, a base de cercenar aquello que pueda hacer sombra sobre su propio destino y acabar asumiendo conquistas, después de la de Cisjordania.
Esa entente entre similares de poca estima, se ha fijado en ellos como fin último y sin escatimar en víctimas por doquier, incluidos niños de primer nivel, que no podrán ver la luz para la que hubieran podido volver a hacer el milagro que hicieran sus antepasados que fueran objeto de tanto progreso.
Empezar por los niños tiene su miga. Su descarnada influencia sobre ellos, queriendo desnaturalizar su progreso, no hace sino sumarles, aún más, a la desgracia de estar siendo confinados al sufrimiento infinito.
Ojalá se estén dando cuenta de lo que les llega, si no encuentran antes una salida airosa al propio desconcierto y sin olvidarnos de su agresivo fundamentalismo.
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