La guerra abierta contra la emigración en EE.UU. tiene su punto de inflexión, en la marcada disidencia de buena parte de sus ciudadanos, verdaderamente comprometida con su país y resuelta a ponerle freno. Trump y sus secuaces han topado en una pared demasiado dura como para perforarla siquiera con las armas. Su guardia pretoriana, presentada como baluarte anti-migración, bien pagada y pertrechada de recursos, se retira de momento a sus cuarteles de invierno, mientras se rearman las posiciones iniciales pero a base de las fake news que ofrecen resultados entre las gentes menos preparadas para entender lo que está pasando y más para reconstruir su tradicional nacionalismo, según ellos, ultrajado.
Pensamos que concederle a un presidente tantos poderes, acaba resultando la peor de las funcionalidades derivadas de votos supuestamente pagados con creces, en términos de tradicionales concurrencias. Por un lado la preponderancia del Imperio y por el otro la dependencia del capitalismo corrosivo que, aunque lleve a los ciudadanos por caminos pedregosos, estos están imbuidos de sustancia dúctil y maleable que nunca se rompe.
Aplaudimos muchos la caída del comunismo soviético y esos mismos creyeron ilusamente que después lo haría, a no tardar, el capitalismo surgido como oposición drástica. Nos equivocamos de lleno, pues se ha demostrado, con amplitud, que al presentar apoyos tan grandes, tan poderosos, sin fisuras ni dobleces, se ha conseguido casi perpetuar su estado, incluso entre quienes lo denostan pero confiesan no poder vivir sin él.
El sistema lo usa como punta de lanza y acierta de plano al mantener, alienado y libre de prejuicios, a cualquier ciudadano que aspire a mudar comportamientos, aún sin creer que alguna vez vaya a tener expectativa de cambio.
Y efectivamente, mientras alguno de los muy poderosos no logre implicarse en ello, aunque supuestamente los haya, no habrá manera de controlar su ascenso, partiendo de la base el arraigo que hay en la base y su enorme esfuerzo para procurar la mayor riqueza posible. El gran ímpetu que produjo el libro de James Truslow en su American Epics sobre el Sueño Americano, dio mucho lustre a una idea que casi permanece intacta.
Habrá que esperar aún mucho tiempo para que se vea alguna sensibilidad mayor hacia el humanismo más perfeccionista...
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