El futuro de Juan Carlos I se le incomoda, en pleno auge de noticias sobre aquél asalto al Congreso que, una vez desclasificado, no termina de clarificar lo ocurrido; papeles destruidos, respuestas sin concretar, no rematan del todo una participación que, desde luego, tuvo que ver en el caso. Lo inoportuno, quizás se esté entrometiendo en algo a lo que los españoles teníamos derecho, pero que dispensado en la forma en que lo ha sido, con tanta laguna de por medio, no hace, a mi juicio, sino añadir más duda.
No hay que echarle las culpas al gobierno de Pedro Sánchez, también, como no, criticado de manera foribunda por un proceso tan dilatado en el tiempo, sirve para tratar de desencallar, al menos en parte, el dilema de si, para el propio emérito, es conveniente devolverle al país que lo alentó en sus correrías. Las culpas son de él mismo por la falta de explicaciones que se ha negado a dar desde el principio, posiblemente por la soberbia contenida en los reyes que se creen por encima de tener que darlas.
La "patata caliente" que le quieren endosar al rey actual, hijo buen conocedor (seguramente) de muchas de las cosas que todavía preocupan, tiene visos de un inicio del problema iniciático creado en la Casa Real, sobre el momento final que ha de darse a quien, de la mano de Franco, renovó la monarquía en España como forma de gobierno.
Querer poner condiciones encima de la mesa, nos parece todavía un sarcasmo que no habría de pasar desapercibido. Los honores sirven para glorificar y aún habiendo motivos en algunos aspectos, hay otros que empañan, de manera muy evidente, su conquista en un punto final.
Sus súbditos continúan esperando del monarca, huido por su propio pie, lo que seguramente nunca llegue a producirse...
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