Enamorado, en lo metafórico, del escritor Muñóz Molina, siento que el vínculo de las izquierdas en este país es más de teoría que de facto, como ya se viene verificando de antiguo, cada vez que hay que acudir a las urnas y se vuelve a demostrar la tesis. Su artículo en El País lo deja meridianamente claro y le lleva a lo melancólico, tras su deambular por su propia historia.
Yo me atrevería a dar un paso más, hasta significar que todo lo que no consiguen las derechas, por la vía de sus propias acciones, lo rematan las izquierdas, sumidas en el sempiterno tira y afloja, con personalismos incluidos, del que no ganan siquiera en su propio círculo de amistades.
Compartir es más que querer llegar al summum de la ciencia política, supuestamente llevada a término. La ligereza de mostrar desafectos continuos sin entrar en la autocrítica, a la vista de cualquiera que se empeñe en entender de lo que hablan, tan incomprensible y tan insensato. Compartir es atender, con la agilidad debida y el oportuno consenso, lo que demandan esas bases a las que solo se acercan, en los mítines organizados para auto ensalzarse.
Sí, no es de ahora, viene ya de antes, pero nunca dejaremos, los que estamos fuera, viendo sus fracasos simultáneos, de poner la tilde donde falta y provoca lo ininteligible del discurso.
A ver si ahora, los más jóvenes, atentos a los aconteceres que no paran de sumar deméritos propios y ajenos, es verdad que se concilian de algún modo y sacan a relucir todas esas fallas y las tumban del plumazo que se impone, cuando todo ese poder que concentran las derechas, con aliados tan fuertes como con los se están descubriendo, termine por adueñarse por completo de lo poco que nos queda de democracia, para rematarla sin compasión por su pérfida altisonancia. Comunistas, anarquistas, socialistas todos, terminen de una vez con sus disputas ideológicas y pónganse a trabajar en serio por lo que a todos conviene: la unión frente al desconcierto...
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