La línea dura emprendida en Europa contra la inmigración, auspiciada mayormente por la ultraderecha, deja en evidencia un trasfondo que va lastrando prejuicios que afectan de lleno a los jóvenes que, desde el exterior, estaban pensando en embarcarse a ese mundo mejor que soñaban y que ahora se manifiesta demasiado esquivo. El hecho de que les lleguen noticias de que la UE no es ya el Eden en el que pensaban, trastorna ese proyecto de vida que, lejos de su país natal, se podría presumir realizable.
Lo que contrasta entre la necesidad de mano de obra, desde luego barata, y la resistencia ofrecida, no hace sino identificar la casi nula opción de proyectar remedios válidos, con soluciones potables. Más bien se intenta salir por la tangente, cuando tanto empresarios ven urgente concretar medidas, ante la carencia de mano de obra en sus fincas agrícolas o en sus negocios de manufactura obligada, a los que los naturales no quieren acceder al considerarlos de bajo nivel.
La última maniobra de volver a crear guetos en lugares distantes, donde concentrar y reprimir a muchos allegados sin permiso, no hace sino poner trabas, en lugar de crear opciones. Los conflictos bélicos, además, han originado desplazamientos de una entidad tan grande, que a buen seguro creará problemas de gran calado, donde antes no los había, y ahora van a ser materia de muy difícil solución para países limítrofes.
La vieja y cómoda Europa se resiste ahora a figurar en la brújula de muchos aspirantes a poseerla y ya no va a ser el lugar grato donde decían atarse los perros con longanizas. La equiparación con lo que ocurra en el otro lado del Atlántico, acabará siendo la materia simple a la que reaccionar similares respuestas, y si no al tiempo...
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