Donde los toros bravos terminan siempre ensartados por el más fuerte, es el rincón clásico en el que se reproducen siempre las mismas historias, aquellas en las que el vencido termina agotando su ley por muy noble y fuerte que sea.
El coso taurino es fiel reflejo de lo que pasa en el mundo que vive y que la fiera desconoce antes de enfrentarse a su sino. Son años, mejor siglos, en los que, tras sestear en los prados, conviviendo pacíficamente con el mayoral, acaba arrojado a la arena que le verá morir sin misericordia. Los taurinos aplaudirán su bravura, pero su fin estará marcado, previamente, por el poder que se termina mostrando por parte de quien exhibe el arma mortífera de acero bien templado. Yo no lo soy, fui una vez a una barrera a la que me invitaron y acabé espantado y resuelto a no volver más mientras viviera. Eso no opta para entender la iniquidad malsana de acabar con la vida de nadie, incluida la de cualquier animal.
Tratándose de personas humanas, huelga decir lo que puedo sentir, cuando desde los ampulosos despachos, regidos por poderosos "matadores" se ilustran las guerras sin necesidad de traje de luces, pero con el más amplio lujo de armas a disposición, costeadas, además, por quienes habrán de ser víctimas propiciatorias.
Así ha sido siempre, y así volverá a ser, mientras el mundo sea mundo y no aparezca remedio alguno que lo cambie, sin desalojo de armas mortíferas.
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