El recogimiento que se muestra hoy por las calles, se me asemeja con el fuego fatuo, el que producen algunas materias en putrefacción, que se elevan sorprendiendo por lo inesperado, como si se intercalase, en la vida real, lo vívido con lo tortuoso. Quizás la señal inequívoca de lo que para muchos sea, aparte de tradición, motivo de réplica con lo que tenemos delante.
Para los más temerosos, la decadencia que estamos viviendo en todos los sentidos, simula el momento apocalíptico que llega sin avisar o avisa sin llegar, preconizando lo idílico sobre lo que la normalidad parece imponernos a todos sin remisión. Los optimistas pensamos que pasará, que solo es un momento idóneo para la reflexión y el consiguiente cambio, aunque para ello se tengan que dar motivos que no pueden darse mientras haya quienes intenten desvirtuarlos a cada paso que dan.
Por eso, se sea o no confesional, se participe o no de las procesiones un tanto folclóricas, podríamos aprovechar en parte lo que se ha dado en llamar Semana Santa, para algo más que para el divertimento, rellenando muchas de las casillas que faltan en el crucigramero hasta poder completarlas y sin necesidad de acompañar con "saetas" el recorrido.
La oportunidad que tendrá el Obispo de Roma cuando se dirija a sus fieles seguidores, en el precioso feudo de la Piazza di San Pietro, recomendando (no solo a ellos) algo más que buenas palabras para señalar toda la enorme injusticia que se cierne sobre los pueblos que no tienen arte ni parte, pero que están confluyendo en lo inhumano de las guerras que aniquilan y les dejan, además, sin el lugar querido que habitaban. Las Iglesias, unidas, podrían hacer más de lo que hacen, más allá del protocolo que las convierte en causas irrelevantes, para quienes estamos esperando siempre mucho más de ellas.
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