Un elemento que para un director de orquesta es algo consustancial a su labor, también puede ser el sinónimo de quien, desde sus adentros, está imbuido de poder para llevar a cabo una obra que quiera ser sublime, a ojos de quienes le observan, desconociendo sus intenciones reales, que van más allá de lo que se observa, en conjunción de aparatos puestos a su servicio.
Tal podría ser el caso de Netanyahu, quien aprendió a dirigir no solo su propia orquesta, también la que representaba a la mayor democracia que ha habido hasta hoy en el mundo. ¿Qué ha podido pasar, para que se trastocaran las cosas, hasta ofrecerle la dirección y el destino de nuestros días? Sencillamente que ha conseguido susurrar al oído, de un rico y poderoso destinatario, todo aquello que podrían organizar juntos, dejándonos a todos los demás a sus pies y sin posibilidades de defensa.
Han tenido que contar con ejércitos fieles, gobiernos dóciles que callan y otorgan... y hasta jueces que seguramente no quieran entender, en tal caso, de esa justicia que les afecta pero que no llega a intervenir, para no interferir en una prueba de vida y muerte que les supera ampliamente.
La batuta manda y los músicos obedecen al unísono, mediando tal cantidad de beneficio que más vale tocar los instrumentos necesarios para que suene, como suene, esa partitura inventada en noches de insomnio por gentes que, posiblemente, no siquiera conozcan cómo se termina de componer la música.
Se hablará en el futuro de ellos, como se habla hoy de Franco o de Hitler, estabulados en el rincón del vago del que no dejan de copiar los que nunca han sabido... ni quieren saber.
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