Algo de lo que carecen algunos líderes principales sobre los que pensábamos que aprovecharían su condición, para hacer de la política no solo algo útil para sus votantes sino la preparación de un terreno abonable sobre el que sembrar ideas para mejores tiempos. El permanente divorcio al que estamos asistiendo, con ideas truncadas frente al desafío de los retos del futuro, nos dicen, bien a las claras, que el matrimonio no puede seguir ignorando lo que se plantea, unívocamente, de una parte frente a la otra. La careta del principio ha caído estrepitosamente y nos muestra lo dañino que puede llegar a ser dar la razón a quienes proceden precisamente en contra de la razón, sin otro afán que el de aprovecharse del todo.
No tiene sentido, seguir participando, seguir apoyando a quien, abiertamente en contra de los principios comunes, utiliza sus argucias con fines claramente opuestos, pensando solo en la idea de violentar, a toda costa, la paz de los cementerios, con premisas que no convencen y, además, son de un coste humano y económico insoportable. Un simple cálculo de lo que nos cuesta, a diario, una guerra, nos produce un escalofrío que consigue dejarnos helados hasta que le convencemos, fortuitamente, a nuestro cerebro, de que todo pasará y se convertirá en amarga pesadilla.
Los ejes en que rotan los destinos en Oriente Medio, lugar del que provienen muchas de las grandes catástrofes humanas, se mueven por decisiones de dos descerebrados, dispuestos a convertir aquello en premonición de lo que quizás se pueda convertir el mundo, sin el respeto debido a las enseñanzas que un día recibimos y que ahora se han convertido en papel mojado.
La Historia atraviesa el momento clave por el que podríamos objetivar el futuro con el mejor edificio construido tras el conocimiento alcanzado, pero no sería la primera vez que nos encontráramos al borde del suicidio y no supiéramos cómo resolver tanto demérito. La sensibilidad que falta, le deja a todo sinsentido.
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