Si opinar es gratis, desde luego, lo que habría que hacer es darle una pátina de lustre, para al menos dignificar al opinante y que no extienda su verborrea, sin ton ni son, por todo ese campo de batalla en que intensifica su actividad, sobretodo si no la domina y termina alterando la piedra filosofal con la que pretendía dar luz al despistado, al carente de criterio que anda perdido por la enorme amalgama de grises, verdes o azules, que terminan inundando de sombras, en la todavía más confusa de sus esperanzas de entendimiento.
Cuando uno también es opinador y además consciente de que, más de una vez, ha podido meter la "gamba", se debería tener que arriar velas con esa rectificación que, siendo de sabios, te puede llegar incluso a ensalzar. Pero bueno, la cuestión está en querer, y por tanto poder, remendar con fuertes zurzidos el agujero del calcetín por el que te hace gracia el calcetín y consigue sacarte los colores, a la vista y al oído de quien esté más al tanto.
Lo bueno de todo es que queda siempre al alcance de nuestra mano y podemos maniobrar, casi sin discusión, cuando somos conscientes de que nuestro interlocutor sabe todavía menos que yo de lo que hablo y es incapaz de rebatir mi idea, no siempre deslavazada pero muchas veces inconexa, sacada de contexto, interesada en convencer pero inconveniente al desajustar.
Hace unos días, en una reunión social, tras un debate intenso, con ocasión de un receso tras el acaloramiento, se dijeron muchas "paridas", quizás demasiadas, que lejos de aclarar enturbiaron y encima supusieron el agotamiento de cualquier ocasión de poderse entender, mediante lo que faltó de exposición razonada.
El estado de opinión que acabamos resolviendo, no pudo ser más nefasto; ni nada era verdad, ni todo obedecía al interés que debiera reinar en el ambiente. El sucedáneo entretuvo, eso sí, acabamos la copa que nos brindaron haciendo gala de todo lo que sabíamos, aunque nada fuera realmente constatable.
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