La fiesta de la democracia se manifiesta cada vez que acudimos a las urnas, aunque de la primera vez que acudes a ellas, a la última, hay un lapso de tiempo que te acaba haciendo pensar en lo que acertaste o no depositando la papeleta por la rendija abierta a tu futuro. Quizá sea un poco fustigante la idea de hacerte último responsable de lo que surgiera de aquél voto, pero uno no puede andar por el mundo echándose a cuestas toda clase de responsabilidades en que hubieras participado, con el sello equivoco de una elección que pudo mejorarse.
Como siempre, la primera vez es la que mejor te define, la que mejor se ajusta a lo que verdaderamente quieres, en la búsqueda de ese mundo mejor que verás después, con el paso del tiempo, que nunca llega. Así pues, creo que sería obligado hoy dirigirse a los andaluces más jóvenes no para que extremen su celo en los nombres de sus papeletas, sino para que se limiten a explorar lo que a partir de hoy reescriban los agraciados en sus vidas públicas y sean capaces de ilusionar, con sus iniciativas, toda la esperanza que desde hoy se ha depositado y estén dispuestos a sufragar, sin pedir a cambio ninguna dádiva, ni que se cuelen, por las rendijas de la política, más corruptelas que pudieran ser aplicadas.
El regalo que hoy se les hace, las funciones a las que van a tener acceso desde tal día como hoy, pueden caer como pedruscos del cielo, sobre tantas cabezas ingenuas que tienen todo el derecho de hacerse ilusiones sanas de lo que podría representar su supremo acto democrático, al que ahora se acercan con la mayor ilusión del mundo.
Son tantas ya las pruebas fehacientes que se nos han venido dando, que cabría pensarse qué podría ser de un país en que se afianzaran los buenos augurios que pronostican la transparencia y las mejores prácticas, si es que no llevan en la recámara los candidatos, lo que ya puedan ir barruntando tras sus primeros pasos.
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