Que no acaban de conciliar sus proyectos que, aún siendo salvajes, conforman actitudes enfrentadas. Netanyahu no quiere, de ningún modo, acabar su guerra, Trump necesita imperiosamente acabar la suya ya que hay mucho en juego y se lo demandan desde distintos ámbitos, que ven complicarse sobremanera el cierre de filas para el acuerdo con un Irán que ha demostrado tenerlo mucho más claro.
Económicamente parece que no esté resultando barato mantener las fuerzas emplazadas a mucha distancia del Imperio, mientras sus oponentes no quieren dar el paso mientras el judío siga obstinado en quebrar al Líbano sus expectativas de país libre.
Las crónicas no dejan de hablar de una invasión militar de aquél país ciertamente confuso, pero de una relativa importancia en el Medio Oriente, que goza de apoyos muy sensibles para su supervivencia. El éxodo les inflige el duro castigo a su población y promete todavía más fuerza cada día que pasa, desoyendo unas indicaciones supeditadas al término del fin belicista, y ya sabemos lo que quiere Netanyahu y su gobierno ultra, contraviniendo todos los principios.
Habría que preguntarse hasta que punto el pueblo israelita estaría dispuesto a soportar tanta osadía que, sin duda alguna, le está costando demasiado cara, con vistas a un futuro del que no se tiene ninguna constancia de lo que pueda suponer para su gente emprendedora y consciente, con unas arcas públicas supuestamente empobrecidas, llenas de agujeros. Los límites que alcanza su gobierno, estarían a punto de hacer sucumbir una riqueza construida de tiempo atrás, que les será muy difícil recuperar, por muy rico que sea y por buenos contratos que mantenga con el exterior, ahora en entredicho.
¿Quién recompondrá tanta deconstrucción urdida?
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