Hubo un tiempo en que se hizo viral el chapucero, se presentaba en cualquier ocasión que precisara de arreglo y solía ser al menos un tanto ingenioso en los preparativos, con grandes dosis de materiales afines, rematados en cinta aislante. Profesiones que no requerían de lustros de preparación académica y que servían para ir tirando, a medida que se les solicitaba de urgencia.
Hoy, en tiempos de decadencia, creo que han proliferado más, alcanzando profesiones que parecían blindadas a efectos de verse afectadas, por falta de méritos, sobretodo, y por carencia de esa misma profesionalidad que presidía, con empaque, cualquier actividad preciada, fuese la de juez o la de militar, la de policía o la de taxista, que por igual representa un grado de aceptación singular, para acometer una elección confeccionada con ilusión y ganas.
Resulta que tampoco se puede criticar lo que está mal hecho ni lo que no concuerda con la definición del perfecto profesional elegido en cada ocasión y para cada competencia, enseguida salen prohombres patrios que se rasgan las vestiduras, para hacerse con ellas víctimas inviolables de supuestas tramas urdidas por quienes se creen más listos que nadie, aunque vayan sembrando de huellas las tierras que pisan, hasta el punto de hacer reír al menos sesudo pero más intuitivo de sus persecutores.
Sentando en el banquillo a Villarejo, intuitivo y locuaz como nadie, se podría haber obtenido, de haberlo querido, mucha más información de la que ha sobrevenido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario