Por ahí fuera, por aquellos territorios que recelaban de que pudiéramos llegar a ser tan demócratas como ellos y que han tenido ocasión de ver que sí, que hemos ido ganando prendas, aunque (también hay que decirlo) nos han podido más ciertos fracasos, sobretodo en los de esa corrupción que sigue latente y aparece cuando menos te lo esperas, afectando a políticos y empresas mayormente, reconociendo el papel que estas prestan en el entramado capitalista que tanto gusta a la mayoría, que intenta sobrevivir a duras penas, en un ambiente que gana siempre por su versatilidad deslumbrante.
Cuando nuestra Constitución está a punto de cumplir ya los cincuenta, por mucho que intentemos pulir su esplendor, aparecen fisuras que demuestran su delicada consistencia, lo que nos mueve a dejar aparcado, sine die, el tránsito a una gestión más racional y acorde con lo que los españoles venimos reclamando. Si como potencia económica resurgimos de los infiernos, tendríamos que indicar también que los beneficios cargan más de un lado que del otro, del lado empresarial, aunque no le gusten algunas medidas adoptadas a la CEOE, la realidad demuestra otro relato bien distinto, el de que pocos se resienten del amparo del gobierno, al tiempo que vemos cómo los trabajadores, aún sumando, no completan el ciclo que les correspondería lograr por lo bien que lo han hecho, quedándose al margen en aspectos tan graves como la vivienda.
Un años más volverán a visitarnos colegas europeos de vacaciones, tendrán ocasión de comprobar cómo hemos cambiado en un año, pero también de ver lo mucho que les cuesta a nuestros jóvenes desasirse de los problemas que les acechan y que quizás no sean del todo distintos de los que sufren en sus países de origen, pero sí, sí que todavía se muestran diferencias sutiles que aún pueden ser apreciadas.
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