La noticia no acaba en el resumen del producto. La primera impresión recibida tras su conocimiento causa casi más efecto que la conclusión a la que pueda llegarse después. De eso se valen los sensacionalistas para que los más despreocupados alienten los bulos diseminados.
Aunque siempre los hubo, los bulos sirven de mucho, en ese entorno al que le basta el vulgar comentario para hacer de él ciencia cierta, que ya vendrá el momento de los desmentidos aunque no adquieran valor probatorio. Hay siempre una mayoría que no atiende a ninguna razón y es capaz de apostillar cualquier mentira, con tal de hacerla verídica.
Ahora les da por algo en lo que nadie antes se fijó, al considerarlo totalmente improbable: el pucherazo. Pero las cosas adquieren razón de ser cuando la imagen que pueda proyectar cualquier espejismo convenza a nuestros ojos, como consigue la IA para quien se lo propone. En las sociedades modernas, avanzadas, cultas... parece que pueda recuperarse el afán del engaño generalizado, que devuelve a la incultura una apropiación de la mentira para usos malévolos.
Se trataría de insistir, a pesar de la imposibilidad, para que acabe incrustándose en algunas mentes inhabilitadas para la reflexión sosegada, solo predispuestas a creerse lo que ya de antemano se percibiría como sustancial, que ratifique la teoría de la confusión ampliamente extendida. No hace falta que no hubiera pasado antes, ni que los procedimientos admitieran posibilidad alguna, solo la villanía o la estrategia de una difusión marcada con el signo de la impudencia, serán suficientes para rematar un proyecto que solo ofrece ganancias si no se alcanza el éxito.
Los periodistas, difusores automáticos, tendrían que exagerar el marco en que se mueven, para hacernos creíbles las noticias que después nos venden, so pena de caer también en la incredulidad de todo lo que cuentan, para lo que ya faltaría muy poco... Junto a funcionarios y distintos emisores participantes, se siguen incrementando las infidelidades que, para el ciudadano medio no iniciado en cuestiones políticas, no hace sino incrementar su desencanto.
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