Las que esperan obtener los ciudadanos desde los centros de poder político, que legislan para hacerles la vida un poco más fácil, aunque sorpresivamente se intente reducir las ayudas ya instaladas, bajo sospecha de centrarse en esa prioridad nacional que ahora tanto les urge aplicar.
Ese nudo gordiano que impone los obstáculos necesarios para que los más vulnerables se vean imposibilitados, parece que esté hecho a imagen y semejanza de lo que ya Trump y su equipo de persecutores del ICE está haciendo realidad en el país más rico del mundo, al tiempo que reduce drásticamente las dotaciones que se venían haciendo a organizaciones impulsoras de ayuda, amén de practicar la asfixia por inanición, a los puntos graves por donde se escapa la salud de muchos africanos.
Desde nuestra perspectiva, un buen gobierno obligaría a mantener el celo por la defensa de los intereses de los más pobres, pero no, ese no parece ser que sea el fin perseguido, a la hora de equilibrar la balanza con quienes tienen más y provocan con ello un aumento de capacidades. Las desigualdades aumentan y son ellas en las que parecen poner el acento, los gobiernos que quieren complacer antes a quienes solo buscan su propia riqueza que a los que facilitan, sin parar, los esfuerzos por mantener el PIB en las mejores cifras.
Esa realidad machacona de que España va bien en lo económico, tiene una cara opuesta de muy difícil comprensión, cuando vemos cómo los más jóvenes se ven marginados en el ascenso y eso a pesar de las revisiones del SMI que no suplen, ni de lejos, las carencias de fondos para afrontar su futuro.
Que no nos cuenten milongas, ni nos quieran hacer participar de unos éxitos que solo se dan en los grandes, con cifras record de beneficio que no tienen repercusión en la gran mayoría de sus ejecutores reales. Tecnológicas, bancos, energéticas... campan a sus anchas, haciéndose los locos sobre el deber de devolver a la Sociedad parte de lo mucho que obtienen.
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