Es a eso, a lo que debe dedicarse el zapatero y no a intentar arreglar lo que, a su juicio, requiere la política. Cuando un ministro de la Iglesia se mete en política en primera línea, no en su espacio privado, falta gravemente a lo que le demanda la Ley de Dios y su compromiso con la fe cristiana.
¿Que grado de agradecimiento demuestra a un Estado que trata a la institución de manera tan notable y bondadosa? ¿No tiene bastante con lo que obtiene, que ha de buscar, además, y de forma tan poco ética, el desprestigio de sus gobernantes? Parece incomprensible en un cargo tan relevante, tan instruido en doctrina, que hable y se comporte en la manera que lo hace. Sin duda le molesta que haya tantos ciudadanos que prescindan de ella, para demostrarse a sí mismos el grado de libertad que pueden conseguir, actuando sin su consejo.
Se está llegando a unos límites tan descomunales, que no dejan vacíos a la desconfianza y solo promesa continuada a esa polarización irracional que nos convierte en sumisos.
Creo que, de volver a este mundo, Jesucristo empezaría arrojando de nuevo a la calle a quienes se han hecho dueños de las parroquias y de los centros de poder religioso, que sienten además que no les corresponde tener que justificar sus propios pecados mortales.
De eso, de pecados mortales que nos echan en cara en sus homilías, tendrían que dar cuentas, para no tener que incurrir en ofensas públicas de tan duro calado. Se ve claramente a donde quieren llegar y qué efectos persiguen, sin atender a esa caridad humana a la que dicen que hemos de someternos.
Claro que, del hacer lo que dicen, no lo que ellos mismos hagan, la gramática parda de la calle sabe muy bien a qué atenerse... De seguir así, tendrán más complicado conseguir adeptos en su sano juicio.
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