¿Quién puede idealizar a una figura con pies de barro? Como soñara Nabucodonosor, no cabía en mente alguna que aquella estatua de cabeza de oro y torso de plata, pudiera tener los pies de barro, otorgándola la máxima fragilidad ante un simple movimiento en el suelo o un pequeño golpe proveniente de cualquier acto inconsciente.
Los humanos somos muy asiduos de cualquier idealización, por eso alcanzamos la frustración fácilmente cuando cae, por simple inercia, cualquier estructura que contenga el barro humano en su configuración, y por tanto acabe denotando la fragilidad que nos sustenta.
Las imperfecciones acaban apareciendo algún día en nuestras vidas y ensombrecen la memoria que estábamos cosechando para preservar nuestra fama, por eso deberíamos ser más prudentes, a la hora de señalar a nuestros ídolos, no vaya a ser que nos acaben desfigurando, por completo, una tras otra, todas las imágenes que llegamos a construir, con el ánimo de tratar de emularlas.
Vistas así las cosas ahora, cuando al ídolo le vemos por el suelo, nos conviene pararnos a meditar hasta hacernos conscientes de aquello que pueda exigirse de quien quiera servirnos de modelo, pero solo con la palabra fácil que no pueda ser corroborada.
Los humanos somos todos muy vulnerables y todo por el barro del que estamos hechos, que se muestra incapaz de resistirse a cualquier querencia que encuentre por encima. Y ya sabemos la cantidad de querencias a las que anteponemos adoración perfecta: las dimanantes de cualquier tesoro que se nos presente.
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