Está decidido, hay que concentrarse en algún punto para hacer ver el fundamentalismo de la raza aria que, a estas alturas, resulta ya imprescindible. Los grupúsculos están diseñados y seguro que sabrán hacer ver a la gente que no se puede pasar un día más haciendo alegres concesiones a los que, llegando de fuera, van a acabar con lo que siempre fue imperante.
Barcelona puede ser el perfecto foco de atención y no será solo esta vez que, como las anteriores, el ruido inunde las calles de consignas y amuletos. Banderas al aire, saludos fascistas, gritos retumbando dando sensación de poderío, volverán a querer hacernos partícipes de sus consignas. Claro que la ciudad está ya acostumbrada, como otras muchas, a este tipo de folclores fatuos, pero nunca está de más señalar el camino por el que no perderse.
No sabemos quién está detrás, ni lo sabremos nunca. Eso es lo de menos, lo de más es que nos escuche ese pueblo que parece dormido como lo estuvo siempre que alguien quiso tomar la batuta y dirigir una orquesta que enlazara con ese gran concierto que se espera.
De momento la gente no les hará ningún caso, pero la resonancia quedará ahí durante el tiempo suficiente como para hacer entender que no va a para de producirse, como esa gota china que termina perforando el cerebro; la misión está entendida y los órganos resolutivos, como siempre, dispuestos a dar el do de pecho en cada ocasión que haya que pronunciarse.
Los hombres y mujeres que siguen enfrascados en sus labores cotidianas, no le harán caso a sus proclamas, pero lo realidad convence de que se están dando las oportunidades perfectas, para reproducir casi lo mismo de lo que fuera el siglo pasado, con aquella gente hermosa que decía ser superior en todo.
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