Lo de circuir la política, por parte de los partidos, lleva inevitablemente al sesgo que ellos quieren, sin que los demás seamos capaces de aproximarnos siquiera a sus pretendidos proyectos que, según ellos, se desarrollan para nuestro bien, cuando es el suyo el que prevalece. Ocurre en cualquier parte del mundo, donde son los políticos los que hacen y deshacen a voluntad, amparados en el voto que les otorgamos.
Parece una obviedad, pero tiene más miga de la que parece, cuando se hacen cosas, aprovechando el voto, que quedan lejos de lo que quiere el ciudadano, que solo se ve movilizado cuando el viento corre a favor y hay que ir en contra del "enemigo" público determinado. El sentimiento nacionalista juega entonces una función clave, que no tiene en cuenta el interés general sino el particular de quienes lo llevan por bandera.
Todo ese circuito establecido impide la generación de ideas, y consecuentemente métodos, con los que poder llevar a cabo algo que no hayan tamizado antes las representaciones parlamentarias. Véase lo que cuesta adelantar las iniciativas populares, cuando sus señorías no están por la labor y no les place demasiado aventurarse en aquello que se les puede escapar de las manos.
El divorcio pues está servido y no es de ahora, sino de mucho más atrás, cuando la famosa Transición diera cuerpo a un sistema del que todos ellos participaban y que nos fue vendido como la única manera de sacar adelante nuestra democracia, con un consenso supeditado a una paz duradera, aunque poco convincente, tratándose de situar las fuerzas de modo acorde con los poderes instalados.
Cuando se quejan de la poca participación ciudadana, probablemente no caen en la cuenta de las dificultades que entraña hacerlo, si en el circuito cerrado en que se desenvuelven no se admiten fórmulas que no sean las suyas.
Tendríamos que aprender a utilizar fórmulas nuevas para hacernos oír, más alto y más claro.
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