Se tienen por imprescindibles, cuando hablamos de elementos relacionados entre sí, aunque también lo es (imprescindible) que sus componentes funcionen racionalmente y se constituyan de eficacia y eficiencia probada para el fin último que, ni más ni menos, tiene que concluir en positivismo, ya que, de no ser así, no existe sistema capaz de realizar su función adecuadamente.
Por eso, cuando hablamos de anti-sistema, creemos que algo tendrá que ver en el análisis concienzudo de cuanto se pretende salvaguardar, como la mejor y más edificante funcionalidad de lo que se trata de proteger, para no entrar en litigio. En el momento en que aparezca cualquier aditamento que implique corrupción, habrá que señalarlo para que no influya negativamente en lo que, en su día, se dio en hablar como intratable e indiscutible.
Claro que la complejidad es un punto (a veces insalvable) muy a tener en cuenta, tratándose de su ubicación en sociedades muy complejas también, en las que los hombres imperfectos planifican, orientan, instruyen... sobre la adecuación de las leyes, es decir, las normas que se aprueban para que sean ellas, en definitiva, las que ordenen nuestra vida en común.
Si aceptáramos esta tesis, la de que es imposible ultimar con acierto toda complejidad itinerante y por tanto concluir que el Sistema a veces falla estrepitósamente y por muchos motivos, empecemos a poner en tela de juicio la premeditación y alevosía que algunos tratan de imprimir, en soluciones que sean intocables. Lo que resultaría la mejor manera de atestiguar lo mal que funciona todo Sistema que sea incapaz de asumir unos mínimos de rigor que consigan afianzarlo.
Podríamos a acabar en el filo de una navaja afilada, sobre la que nadie quisiera pender, para no resultar herido, como ya lo han hecho tantos y tantos ilusos que confiaron demasiado y cortaron su piel a conciencia, pero quizás sin ella.
Ello me lleva a poner siempre en duda todo lo que se nos diga que es veraz y está urdido para nuestro provecho.
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