Hay una crisis desatada que afecta, sobretodo, a nuestra fiabilidad, ya que ha ido disminuyendo al tiempo que hemos sobrepasado esas creencias que teníamos ajustadas a la educación que estuvimos recibiendo durante muchos años y que nos hacía sentirnos más seguros, sin tener que recurrir a dogmas nuevos. Según han ido avanzando los tiempos y han aparecido nuevos modos de apreciar la inteligencia, incluida que se está basada en algoritmos, nos vemos en la necesidad de encontrar otras formas de protección distintas.
Aquí las desigualdades cuentan, y lo hacen tratando de asegurar el punto en que podemos afianzar lo que aún nos quede, pero con la vista puesta en no perder lo ya conseguido, sin revisar cómo ni porqué hemos llegado hasta aquí y le debemos al sistema adoptado por los ganadores, mientras los perdedores no dejan de protestar por donde pueden. Claramente, podríamos decir, se han abandonado aquellas formas por las que perseguíamos la excelencia, a comprobar que ya casi nadie la busca, ni siquiera los favorecidos.
Si nos preguntáramos dónde está, donde ha quedado para no querer revivirla, sino pasar inadvertidos donde no seamos señalados por la propia autoestima, cuando hacemos los trabajos que nos están encomendados sin poner demasiado interés por hacerlo bien y simplemente dejar aparcados los compromisos adquiridos, incluso con nosotros mismos.
La voluntad que solíamos poner antes y que ahora nos falta, puede que nos esté afectando a esa fiabilidad con la que ya no cuenta nadie a nuestro alrededor y contribuye tanto a desencanto, del que también seríamos nosotros responsables. Toda esa modernidad alcanzada, que nos podría estar ayudando a mejorar de cara al mañana, solo queda a la espera de que la adoptemos todos sin discutir siquiera lo que, en verdad, pueda realmente servirnos.
Tendremos pues que volver a fiarnos también de nosotros mismos...
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