Personas que conviven con nosotros, que se explayan con franqueza cuando toca, pero que no suelen alzar la voz hasta que les duele en el alma lo que han hecho con ellos, surgen de tarde en tarde, cuando su paciencia se agota hasta el límite de lo imposible, a resultas de lo inesperado, pero que debiera de haber sido evitado por la consecuencia causada, habiendo motivos de sobra para poder hacerlo, aunque acabara recayendo todo en cualquiera otro, coincidente en el momento inadecuado, son las que, de hacerlas caso, nos enseñarían el camino adecuado, pero no, porqué tendríamos que hacérselo cuando nos creemos todos con la sabiduría suficiente como para acondicionar nuestro futuro sin problemas.
Pero lo que no está nunca previsto es que las cosas fallen y que, para que así ocurra, los astros, expresados en causas, tienen que coincidir con más cosas alternantes que nunca están acompasadas del todo al orden establecido.
Nuestro personaje en cuestión, ha escogido una frase clave para sintetizarlo todo, también su profunda pena por la pérdida que le atañe a su alma: Capitalismo con prisas.
Posiblemente no la hayamos terminado de digerir con la profundidad que se merece, y que no afecta a nadie en particular, sino que lo hace a todos en general. Si no, y somos capaces de llegar hasta el fondo, analicemos todo lo que hay detrás y no está referido en exclusiva a los dueños de siempre, también, y eso sería lo más interesante a destacar, a nuestro propio rictus, que esta vez haya podido salvarse, y que debería adentrarse fundamentalmente en la parte que nos toca, porque ya lo creo que nos toca y lo hace con la plena intensidad de quien propaga lo que se está viviendo con amplia aquiescencia.
Ese mismo capitalismo que ahora se queja por el parón que posiblemente sufra el sector hostelero del que dependen muchas bocas, y obvia con suma naturalidad lo que acontece pero les merma en sus ingresos. Sí, es verdad que así lo hemos venido mamando desde que llegamos a este mundo, que las cosas han de seguir siendo así, cerrando cualquier posibilidad a cualquier cambio que fuera capaz de impedir el crecimiento. Eso sí, el precio que lo paguen siempre otros, los más desdichados, que para eso están ahí y de esos solemos vivir con la placidez que nos toque.
Para los religiosos sería como aquellas bienaventuranzas de aquél Jesucristo que dicen que vino a salvarnos. Lo peor es que, si creyéramos en todo lo que dijo, estaríamos apañados para siempre. No los "buenismos" tampoco funcionan, hay que tener otras... competencias.
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