Produce escalofrío, ver siquiera las imágenes que proyectan las televisiones, de un Irán en sus peores días. Un breve repaso de lo que fue, nos hace lamentar profundamente su situación actual, regida por un clan perverso que no quiere para su pueblo, y sobretodo para sus mujeres, unos mínimos del derecho humano que para cualquiera debiera existir. Los ayatolás, clérigos intolerantes, custodios de tradiciones inamovibles, dominan todos los espacios, hasta hacerles irrespirables, bajo el signo del terror, ejecutado por la Guardia Revolucionaria y su Policía Moral, hacen inviables las posibilidades de apertura al mundo.
La apariencia de dejadez del resto, incluida la UE, mantiene a los iraníes demasiado alejados de la prosperidad que les correspondiera, solo con la explotación de sus recursos petrolíferos, pero apareció por fin el salvador para devolverles el sueño de su liberación, en forma de nuevo profeta, que no es otro que Trump. Lo malo es que posiblemente no esté pensando en los iraníes, sino en la posibilidad de adueñarse también de su oro negro, mediando como justificación su defensa, aunque fuera ocasionando más víctimas.
El frente abierto en la zona no hace sino complicar aún más las cosas, aconsejado quizás por un Netanyahu obsesionado por la salud de sus vecinos incómodos, a los que quisiera ver muertos. Una concentración de elementos terribles, para personas encerradas en medio de horrible represión y que están siendo objeto de utilización como moneda de cambio, entre sus propios líderes y sus salvadores interesados más bien en sus recursos.
Las primeras víctimas, sus mujeres, desposeídas de cualquier ventaja, sumisas a la ley coránica, a las que no se las ofrece ninguna posibilidad de redención, no pueden quedar al albedrío de tanto sátrapa, desprovisto de humildad y dueño del rigor de unas fórmulas inhumanas con las que gobernar su mundo.
¿Para cuando depositar la atención de la nueva Civilización en la antigua Persia?
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