Esa sensación por la que habremos pasado todos en algún momento, aunque alejada del dramatismo con el que lo hayan podido seguir quienes no hayan sido encontrados o quienes no hayan sabido salir de ella, cuando la desconfianza o el miedo se hayan apoderado por completo de la bonanza que infiere el susto infinito de encontrarse huérfano de todo lo que le rodea.
Somos agraciados la mayoría, aunque no podemos ni debemos olvidarnos de quienes se hallen en esa situación y no alcancen a comprender dónde les ha podido dejar la vida para encontrarse tan solos, tan desvalidos. El caso es que hay que tratar de encontrarles, de proporcionarles alimento para que refuercen sus convicciones de que terminarán estando en el camino y que va a ser pasajero el motivo y la situación por la que atraviesan, estando en manos de gentes que más que personas son autómatas guiados por quienes les pagan para hacer lo que nunca, ni ellos mismos, hubiesen imaginado.
Nos estaríamos refiriendo a esos salvapatrias con uniforme que, a las órdenes de un dictador, de alguien que se ha crecido, a base de creerse un dios en la Tierra, está dispuesto a hacer de lo nuestro suyo, con la influencia necesaria de parte de los mismos que piensan como él y consienten que se nos arrebata, de golpe y porrazo, lo poco que nos quedaba, que era poder vivir sin miedo, aunque sujetos a la dependencia de un sueldo siempre escaso y coercitivo.
Desde luego, pasearse por las calles temiendo que te lleven preso y solo por el hecho de no poder demostrar, más allá de tu propio esfuerzo, que eres norteamericano de nacimiento, debe ser algo tremendamente ingrato y malo.
Necesitamos, los europeos, más señales de identidad de los norteamericanos que estén hartos de esa presidencia que les mueve de sus cimientos, levantados por cierto, a base de manos extranjeras. Por favor muévanse cuanto antes para determinar lo que no quieren ser, en compañía de quienes se quieren hacer los amos del mundo...
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