Se utiliza en poesía para medir los versos, sus acentos, sus rimas, aunque también podría expresar un conjunto de formalidades necesarias para desarrollar un buen trabajo y completar con ella el resultado esperado. Depende de ella, por tanto, que todo funcione con la normalidad que se requiere en asuntos en los que se precisa el mimo como contrapunto del desorden, que apenas cumple con la mínima condición que se necesita para llevar a cabo cualquier trabajo limpio.
Si es precisamente el desorden lo que reina, se disparata cualquier alternativa que consiga rehacer la situación y colocar el estado actual en disposición de marcha, para restaurarla al completo. Difícil el trabajo que hacer, si no están alineados todos los componentes, todas las acciones, en el sentido práctico que ha de resultar necesario. La desbandada provoca incoherencias, desajustes, incapacidades... que no consiguen la eficacia necesaria, frente a un problema que requiere aplicar cualidades y si no las hay o no aparecen por ningún lado, el asunto irresuelto se vuelve dañino, perjudicial, tan oneroso, que acarrea el consumo excesivo de la energía necesaria para hacerle frente.
En mi opinión habría que concentrar esfuerzos para que cristalice una mayoría que sepa, sobretodo, aplicar la métrica que, con justeza, ponga en su sitio no solo las palabras, también las acciones necesarias que aparten los errores cometidos con anterioridad, para que no sigan impidiendo la claridad en los conceptos, fundamental en momentos de máxima objetividad y mejor concierto.
La diplomacia, en momentos de tanta complejidad y tanto desacuerdo, ha servido siempre para poner las cosas en su sitio y los grandes maestros de Roma la utilizaban ya en tiempos en los que se hacía preciso apaciguar terrenos conquistados.
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