Nada tan sorprendente como el recurso que emplea el calamar, en su ambiente, que el de esparramar la propia tinta que genera su cuerpo, para sembrar de desconcierto su ámbito y evitar así que sus enemigos naturales, aprovechados de la posible vulnerabilidad que ofrece su cuerpo, frente a quienes sienten alguna atracción por hacerse con el bocado.
No es solo una cosa banal, sino que forma parte de estrategias seguidas en el mundo animal, aunque no solo, para hacerse con un botín o, al contrario, perderse entre las nebulosas que ofrezca el sistema, que haberlas hay muchas y constituyen una verdadera despensa en la que guardar todas ellas.
La misión de los estrategas que se reparten por todo el mundo de la política, los negocios, los trucos ensayados en los escenarios, a veces son muy hábiles en trastocar una enorme cantidad de posibilidades con las que engañar al incauto y, además, salir mejor parados de lo que entraron por esa siempre bien oculta a las miradas, de doble fondo y pared falseada.
Así vamos caminando los mortales, entre engaños que adquieren formas de muy distinto espectro, entre las que es muy fácil terminar apostando por aquello que ni siquiera puede llegar a ser verosímil, pero se disfraza con cobertura excelente.
Pasa algo parecido con esos espejos existentes en las ferias, que nos reflejan ese cuerpo innatural más gordo que el nuestro o más alto y desproporcionado, saliendo de allí con ese concepto que termina anulando tu comprensión hasta hacerte risible. No hay nada mejor para echarse unas risas, pero lo más triste de ello es llegar a creerte todo lo que te cuentan, bajo el tintado de esa tinta negra que todo lo oscurece. ¿Hay que ser ya tan desconfiado que no puedes fiarte de nada ni de nadie?
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