Era la expresión más indicada que te podían decir, que apelaras a tu sano juicio cuando tenías que tomar alguna decisión importante. Te lo decía quien te quería bien, siempre un ser próximo al que reconocer como alguien que importara en tu vida ya que, quien no te quisiera, no tenía porqué recomendarte. Hoy pueda ser que quizás esté ya en desuso, cuando quien más se quiere es uno mismo y se recela de lo que venga de afuera.
Pero si ya no te puedes fiar de nadie, en estos tiempos de tanta desconfianza... qué te queda si tampoco te asiste el juicio. Las aspiraciones que mantenemos, acompasadas con un tono incontenido, pueden verse frustradas, como parece que lo estén siendo en tantas ocasiones en las que, el juicio, no es precisamente el que acompaña. El caso es que tampoco es fácil llegar hasta él, si antes no se consiguen asimilar por completo los pasos previos por los que lo podemos hacer llegar a nuestro alcance, antes de perder el sentido.
Claro que, de presentarse inconvenientes, de no poder resolverse a satisfacción lo que nos mueve, para poder lograr lo que queremos, puede que dejen de funcionar los resortes de los que nos podríamos valer, estando en nuestro sano juicio.
Quizás sea más sencillo observarlo en cabeza ajena que en la propia y la actualidad nos brinda una ocasión clara, cuando vemos los errores cometidos en personajes que, desde sus cargos de confianza, han perdido el Norte de su verdadera misión para la que fueran elegidos y solo viven obcecados en aquello que solo les sirva de beneficio individual, nunca colectivo.
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