Nos estamos refiriendo al deporte de élite, y más en concreto al fútbol, tras el protagonismo de unos jugadores multados por su superioridad al llevar a cabo un enfrentamiento con resultado casi cruento. Una multa escandalosa, es cierto, pero solo para nosotros, desacostumbrados a una cifra que nunca alcanzaremos en nómina hasta después de trabajar más de diez años, mientras ellos la consiguen con un par de primas de partido.
Desde luego muy poco edificante para todo aquél que siga pensando en el deporte como sanatorio de buenas prácticas en el que los niños han de fijarse, si quieren llegar a ser alguien en su atormentado periplo. No en vano se hacen acompañar, en los partidos, de unos infantes enamorados de una gente tan prometedora, tan dispuesta a repartir parabienes, consejos, promesas... con un ánima que al propio tiempo recela de todo lo que se mueva.
Desde la enorme distancia que nos separa, creo que deberíamos hacer un esfuerzo de aproximación a lo que desafortunadamente les persigue: exceso de soberbia, desnaturalización, compadreo con malos hábitos... en ambientes de (por lo general) bajo interés cultural, en el que priman los coches potentes de alta gama y hasta los yates de lujo con los que distinguirse. Al fin y al cabo somos nosotros los que les hemos llevado hasta allí con nuestro dinero gastado, y por lo tanto causantes en gran medida de la altura que han ido tomando y no solo en el fútbol, también en otros sectores plagados de grandes excesos.
Si los dioses acaban siendo demonios, como cuenta la Biblia que les pasó a ciertos ángeles que rozaron el Cielo, no habrá manera de poderse reconvertir, por falta de esa misericordia que nunca les puede llegar, si son incapaces de despejar la soberbia. Y a la gente común le duele ver cómo sus ídolos se endiosan, sin devolverles una pizca de humanidad como tanto le que ella gusta.
Cuando se junta todo y acaba saliendo a la vista lo que no va a poder ocultarse, nos podemos temer lo peor, en cuestión de iniciar un arreglo del que dependen tantos mandamases que operan los puestos de mando, y con ese poder tan fantasmagórico que asusta.
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