miércoles, 3 de junio de 2026

Por la fuerza

 

 

El ciudadano común, que ha de velar todos los días por sus derechos, se encuentra, de vez en cuando, ante situaciones inesperadas, por un carácter que puede devengar en trágico, a pesar de estar imbuido por la idea de creerse en lo cierto. Y todos sabemos lo difícil que es, a veces, ponerse en actitud de defensa, ante unos medios que pueden ponérsele en contra. Medios externos que quizás coincidan en lo relativo a su protección, pero no siempre acordes con el bien común.

 

Intentemos adentrarnos ahora en esas acciones policiales diseñadas para nuestra seguridad que pueden no llegar a buen término y, en sus posibles causas, las hay muy variadas, enfrentadas todas a soluciones indeseadas de resultado impropio. Desde estados de ánimo a reacciones involuntarias, pasando por prejuicios indeseados en cualquiera de los sentidos. En todo caso, creemos que no habrían de tener la misma óptica según se trate de quien sea el ejecutor y el individuo a proteger; el primero con mayor carga que el segundo, al tratarse profesional instruido convenientemente para su labor.

 

Lo que llama la atención hoy es la respuesta dada por asociaciones sindicales, dispuestas a proteger sin ambages a sus asociados, aún cuando se haya podido comprobar fehacientemente que se han podido cometer errores que habrían de tener consecuencias.

La policía no es organización exenta de culpa. Sus márgenes están bien delimitados y nunca podrán superarse, por muy complicadas que puedan llegar a ser sus actuaciones. Si a los agentes se les ha llegado a nominar como profesionales en riesgo, justo sería empeñar sus responsabilidades al sometimiento estricto de unas funciones bien marcadas.

Recibir a unos señalados damnificados, a las puertas de una sala de espera de un aeropuerto, con porrazos distribuidos a discreción, sin que aún sepamos las causas de tal recibimiento, que por muy cargadas de algarabía, sería en todo caso digna de aplauso y no de represión dura, nos parece de una gravedad que supera el límite de lo aceptable.

La democracia se explica, también, por las fórmulas que emplea el funcionariado para acometer sus tareas, abonadas con nuestros impuestos. La fineza con la que deberían emplearse, cada vez que sean requeridos sus servicios, estaría siempre en relación directa con las demandas que desde sus mandos  se imprimen y que, a su vez, les sean también requeridas. A esta sazón no hemos visto aún ninguna declaración del ministro del ramo, al que reconocemos, sin duda, por el trabajo que tiene, aunque no por ello le eximimos de grado. 

Son ya unas cuantas las cruces que tiene en su debe y creemos que ya está siendo hora de saldar cuentas con la exigencia ciudadanía que lo merece. No sabemos lo que pensará el presidente Sánchez, pero ya es hora de que, si no lo ha hecho aún, le formule aviso serio de que, los instrumentos a su alcance, se afinen por completo para que nunca más desentonen.         

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