sábado, 11 de julio de 2026

Sin cabeza

 

 

 Una expresión que refleja desconcierto, en quienes no necesitan cabeza para pensar antes de actuar y que, a mi juicio, sería adecuada para demostrar el momento crítico que vivimos, significando la posibilidad de seguir viviendo aún, pero por simple inercia física.

 

La comunicación interpersonal tiene sus efectos y no todos se producen en el sentido que mereciera aplausos, más bien ahonda en la impresión de todo lo contrario. Hay doble intencionalidad en todo, y hasta lo más simple se reviste de una capa de aversión que predispone a la ruptura. En un símil futbolístico, nos levantamos cada día con una camiseta de un color determinado que estamos dispuestos a defender, contra viento y marea, dejando incluso las sutilezas de lado.

 

Los bulos, diseminados ya a discreción, circulan con total libertad, haciendo un daño que será muy difícil contrarrestar después, si termina apoyando tus colores. No hace falta fijarse en los goles del contrario, mientras los de tu equipo sumen uno más y consiga pasar de ronda.

 

En medio de todo, se impone luego el individualismo que gana todas las bazas, hasta hacerlo preponderante, que para eso sí que servimos, en una deliberada función unívoca que sobra y basta para afianzarnos en lo que solo nos interesa a nosotros, sin querer entrar en competencia ni discutir pausadamente sobre contenidos.

Con esa cuestión de fondo y los problemas cada día más candentes, son los políticos los primeros en señalar el camino a seguir, sin necesidad de completar acuerdos, solo esparciendo inmundicia ante cualquier micrófono o cámara que se preste a reproducirla.

Así no vamos a ninguna parte y mucho menos al centro de la concordia. 

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