La osadía burlesca del presidente que, después de una catástrofe, acude al epicentro a regalar balones de fútbol a los niños, como tratando de ganar su confianza, despreciando, al mismo tiempo, la empatía necesaria para con sus conciudadanos, sumidos en la ruina más espantosa.
Si ese va a ser el cambio al que han de aspirar los colombianos, están apañados con su futuro. La elección de un dirigente que se comporta de esa manera, solo ha servido para que el país, en general, permanezca en la indefensión que se venía proclamando antes, con otro de signo distinto. Vemos cómo los principales puntos capitales son: la potenciación de sus ejércitos, la implementación del capitalismo desaforado y el desprecio absoluto hacia los más pobres, por ese orden de prelación.
De la Espriella sabe bien en qué lado quedarse y a quien atender en primacía, en tiempos en los que debería dar vergüenza expresar abiertamente unas alianzas que se ven contravenidas desde otras partes del mundo. No es cuestión de ideología, a la que todos tenemos el derecho de apoyar, cuando se manifiesten los puntos sensibles que afecten directamente a todo ser humano.
Las pruebas no dejan de testificar lo mucho que se afecta al desamparo, sobretodo en tiempos en los que habría que poner toda la carne en el asador, con objeto de remediar en lo posible cualquier desastre. Pero no, hasta se ha despreciado la ayuda, siempre necesaria, que le podrían prestar desde lugares (amigos o no) donde se aprecian las vidas humanas, antes que el color que ofrezca cualquier sentimiento profundo.
Empezamos mal, muy mal, en una Colombia perseguida por todos sus problemas estructurales que, seguro, no acabarán con más presencia policial y más cárceles. Líderes así no se aplican en la defensa del país, solo en la del entorno en el que se miden todas sus acciones.
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