La tartana fue, en tiempos, la palabra que se utilizaba para referirse al vehículo de pasajeros al que costaba siquiera encaminarse hacia la dirección propuesta. Llegaba siempre tarde y a veces hasta mal. Por fortuna hoy es solo una cita anecdótica, pero sirve para relacionarla con lo que, por ejemplo, le está costando a nuestra UE relanzarse con brío al mundo atrayente que suponen las nuevas herramientas tecnológicas, al tiempo que se mantienen realidades sociales a las que aspiran en otros mundos, a los que todavía no ha llegado el bienestar que disfrutamos y no solo en el plano acomodaticio, sino en el de derechos y libertades.
Por supuesto que a lo que primero se atiende en nuestra Unión, es a la voluntad de inicio, de crear un fuerte nexo de integración industrial y comercial (del carbón y del acero) que tuviera la repercusión mundial que posteriormente ha tenido y actualmente tiene. Pero ello no obsta para que lo demás no termine siendo excluyente, sino que fortalezca, todavía más, unas relaciones que bien podrían acabar siendo de índole federalista, aunque todavía habrá que esperar mucho para que se consiga. Los logros, siendo muy importantes, están todavía en mantillas y, según se ve, intercedidos por aplicaciones foráneas de peso que nos advierten de amplias dificultades.
Se echan de menos algunos ensayos alternativos de políticas que no sean demasiado coincidentes con las que vive hoy la geopolítica, ensimismada en cambiar los roles tradicionales de consistencia humanística, sirviéndose de las modernas tecnologías imperantes, de las que no somos primeros. Sin embargo se están perdiendo valores que teníamos por ya logrados, sin que sus sustitutos sean distintos a los de acumular más y más poder, en manos de quienes ya lo tenían antes.
¿Va perdiendo fuelle la virtud del europeísmo? Al paso que van los nuevos logros, quedan siglos para recuperar la esperanza...
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