Esa capacidad de percibir el entorno, al tiempo que navegamos sin rumbo por el conocimiento propio, a lo que llamamos conciencia, parece frustrar en cierto modo nuestro futuro imperfecto, ya que del perfecto carecemos, aún más, de criterio objetivo.
No podemos ser conscientes de que, lo que nos ocurra, pueda ser determinado con la gravedad que exige el saber, antes del actuar. Estamos tan sometidos a influencias extrañas, ajenas al particular que corresponda, que convierte en iluso cualquier proyecto garantista. El tamiz que podría convertirlo precisamente en ilusionante, pasa por circunstancias que no son de dominio público, sino de estamentos programados para la exclusividad de unas decisiones que nos desbordan completamente.
La cuestión fundamental, para entendernos, pasa porque nos es ajena la mayoría de decisiones que adoptan los políticos, que se evaden del compromiso de proteger los intereses de la ciudadanía. Y en el debate sobre lobbies han dejado claro, sobretodo las derechas, que hay cosas que no se tocan, cuando de lo que se trata es de proteger designios fundamentales para benefactores determinados. De la izquierda y de su falta de empatía con los suyos, también podríamos hablar largo y tendido.
En resumen, seguiremos en opacidad durante un largo tiempo, el justo para afianzar todavía más los legados que amparan la corrupción como mal menor, en entornos de riqueza garantizada, sin freno y sin esperanza de que, en algún momento, quieran revertir su situación con alguna dosis de misericordia.
Las energéticas, en niveles record, la banca también despendolada, la distribución ejerciendo sin límite... son solo muestras de lo que seguirán siendo capaces de hacer, en combinación con un sector público que solo se limita a lamentar su falta de convicción para llevar a cabo lo que juzga necesario pero al propio tiempo inaccesible.
Qué mejor ejemplo que esa pretendida colaboración público-privada de la que se benefician unos más que otros, bajo el foco de lo necesario para conseguir la eficacia, que tantísimos funcionarios públicos son incapaces de conseguir. Estamos a la cola en la UE en temas de eficacia colaborativa, traducida en democracia de primer nivel.
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